Una saga moscovita (fragmento)Vasili Aksionov

Una saga moscovita (fragmento)

"Grishka, el viejo caballo de circo, mataba el tiempo en un establo del bulevar Tsvetnoi. Hacía mucho tiempo que no lo exhibían en la arena circense, aunque estaba seguro de poder ejecutar sin dificultades todo el programa: recorrido circular mientras un jinete salta sobre su lomo y se pone de pie en la silla de montar saludando efusivamente al público; reverencia con las dos patas delanteras mientras sacude el magnífico penacho; e incluso el vals ejecutado con los cascos traseros al son de —Las olas del Amur». Echaba de menos esos ceremoniales. Cuando era emperatriz de Rusia, también perdía la cabeza por las galas, la pompa, el brillo, la atención de cientos de ojos clavados en los majestuosos hombros de la Pequeña Madre Soberana, le encantaba pasar revista a los soldados de la guardia —de un metro ochenta de estatura—, seleccionar con atención los mejores plátanos, los racimos de uva más impresionantes. Decían que el tamaño era lo único importante, algo incierto. Lo más importante, monsieur Voltaire, es el desarrollo armónico de esos «cándidos» a la rusa: nariz prominente, bigote bien curvado, pecho amplio —pero no demasiado—, vientre plano, una naturaleza muerta trémula bajo las posaderas cubiertas con pantalones de piel; espero no haberle sorprendido con este juego de palabras. ¡Bueno, el tercero, el séptimo y el undécimo que suban inmediatamente a mis aposentos tras recibir en audiencia al embajador austríaco!
Lo que seguía a continuación Grishka nunca lograba recordarlo, y si le venía algo a la cabeza de los abismos astrales, donde se encontraba el imperio de antaño, era sólo el balanceo de las altas pelucas empolvadas, el destello de las diademas de diamantes, el tintineo de las armas, la música... es decir, el mismo viejo circo de toda la vida.
Un día lo visitó su viejo amigo y maestro, un mozo de cuadra que también se llamaba Grishka. Por extraño que pueda parecer, aquella noche no apestaba a vodka como de costumbre. Grishka el caballo no sabía que la venta de alcohol había cesado casi por completo en la ciudad sitiada.
Grishka, el mujik, aparejó al caballo, apretó su mejilla áspera como lija contra su nariz equina y vertió algunas lágrimas: «Eh, tocayo», musitó. «Esos bastardos me han ordenado que te lleve al matadero de Cherkízovo porque no tienen forraje para alimentarte. ¡Un artista como tú, en absoluto un mal caballo, y entregarlo bajo el hacha! Habría sido mejor que nos hubiésemos escapado los dos juntos al Cáucaso en 1937».
«Qué despropósitos suelta el mujik», pensó Grishka el caballo mientras sacaba del establo su cuerpo tordo. El mozo lo siguió, sujetando las bridas. Salieron al bulevar oscuro sobre el cual permanecía suspendido de través en el aire un enorme aeróstato. «Y luego dice que en la ciudad no hay nada de comer», pensó Grishka el caballo. «¡De qué tonterías habla este tipo!» «Para qué utilizarán tu piel... quién sabe», continuó diciendo el mujik entre susurros. "



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