El rito (fragmento)José Antonio García Blázquez

El rito (fragmento)

"Él dibujó una sonrisa algo triste y se alejó lentamente hacia la puerta. Eloísa le miró ya de un modo especial, considerando sin querer sus piernas fuertes, su esbeltez y ese negro casi azul de sus cabellos. Después, distraídamente, leyó el papel: «La espero esta noche a las ocho en la puerta de la catedral que llaman del Alma».
Eloísa arrugó el papel entre las manos, tuvo un gesto de ira, un gesto de extrañeza, un gesto de ilusión, un gesto de horror, y desde ese momento ya no volvió a ser la misma.
La idea de acudir a esa cita absurda no se le ocurrió ni por un minuto. Eloísa se marchó a su pensión, con el sentimiento de haber sido insultada. Incapaz de saberse deseada, consciente de ello, siempre había sido su actitud la de mirar a los hombres como a las mujeres, sin pasión ni interés especial. Y estaba muy orgullosa. Por eso le parecía un insulto, algo que no encajaba en su ser, un elemento extraño, en fin, semejante burla, pues solamente como burla podía considerarse aquella cita, una burla que, por otra parte, no se merecía.
Como todas las noches, Eloísa tomó su tisana y se fue a la cama con un libro, pero permaneció casi media hora con la vista fija en la misma página, una expresión concentrada en la cara, los labios estirados y el entrecejo fruncido, sin poder leer, llena de indignación y rumiando en su mente mil respuestas que dar a ese descarado.
Cuando el sueño comenzó a llegarle a pequeñas oleadas, Eloísa distendió el entrecejo, aflojó los labios y entornó los ojos. La irracionalidad de los primeros instantes del sueño le hizo sentir el calor de las manos y de la imagen de su alumno, y así se quedó dormida.
Al día siguiente, Eloísa se entregó con pasión a sus clases del instituto. Sobre todo a nosotros, los del último curso, nos obsequió con una explicación excelente del teatro de Cervantes, una explicación en la que introdujo puntos de vista propios, consideraciones justas y hasta observaciones originales e irónicas. Era como si un espíritu la estuviera iluminando.
Eloísa se sentía arrastrada por sus propias palabras, su cerebro trabajaba, toda ella no era más que pensamiento, desasida de su pobre cuerpo. Pensamiento y alma.
Alma. Eloísa se detuvo un instante en su explicación y miró a derecha e izquierda, como si el espíritu se hubiera desvanecido de repente para dejar en su lugar al mismísimo diablo. Alma. La puerta del Alma. La catedral. Esta noche, a las ocho. Nuevamente poseída, sin embargo, por ese aliento literario que la impulsaba, Eloísa sacudió la cabeza y continuó sin darse cuenta de que el bedel había dado ya la hora.
Entonces, yo, con una solemnidad un tanto irónica, me acerqué a ella y le dije:
—Señorita, gracias por esta clase.
Ella me miró, extrañada, y no pudo evitar sonreír. Decididamente, éste era el curso de los alumnos originales. Los que no se mueren por salir de la clase y, a otro nivel, los que se citan. Eloísa recogió sus cosas, estremeciéndose ligeramente. Ella, que había observado parte de nuestro comportamiento en casa, nuestra anarquía, sin duda desconfiaba de nosotros y quién sabe si hasta sospechaba que estábamos tramando algo contra ella. Sin pretenderlo, todo volvía a su memoria: sus páginas del diario, el alumno de la escuela, esta curiosa felicitación que terminaba de recibir. Y luego, la clase nocturna, la escuela.
Pensó faltar, ponerse enferma, encerrarse, irse a la iglesia para rezar, pero decidió que exageraba y que no debía dar importancia a una cosa como aquélla. Una broma de mal gusto, al fin y al cabo, se la dan a cualquiera.
Lo que le extrañó aquella noche en la escuela, lo que la estremeció, fue el cambio de puesto del alumno Antonio Martos, que se había sentado en el primer banco, como para verla mejor. Eloísa procuró componer su cara gris de siempre, pero se sentía roja, tensa y llena de tics. Los mismos tics que le entraban en sus exámenes de la Universidad, hacía ya tantos años. Eloísa repetía el abecedario, los números, escribía en la pizarra diversas combinaciones de sílabas. En cierto momento, armándose de valor, decidió enfrentarse con aquella mirada estática que no podía dejar de sentir. "



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