La fuente enterrada (fragmento)Carmen de Icaza

La fuente enterrada (fragmento)

"Se sentó en la cama. De un modo insoportable volvió a percibir esa fatiga que la aplanaba desde anoche. ¿No sería mejor, en verdad, que se acostara? Así aplazaba la primera comida en el comedor, que iba a resultar un tormento. Al deslizarse entre el frescor de las sábanas, sintió un bienestar físico.
Sus manos descuidadas acariciaron el embozo. Su cama. Su casa. Cerró los ojos. Una lasitud la hacía estirarse. No había ya mirillas en las puertas, ni rejas por ningún lado, ni gritos rasgando el silencio. "De nuestro modo de afrontar las circunstancias depende el íntimo éxito o fracaso de nuestra vida."
Irene apretó los dientes. Pues bien: lo intentaría. Saltó de la cama y fue a abrir las puertas de su armario, de aquel mismo armario que había abierto por primera vez en sus horas felices de recién casada, y recordó sus tablas, hoy vacías, llenas de obsequios caros, de trajes y de pieles. Lo que lo había llenado, entonces, era su aspecto. Y sin aspecto no se podía ser una externa. Se puso su bata, una bata gris, que era lo único que había mandado hacerse. Sentía la necesidad de correr en busca de su hija y de decirle atropelladamente cosas que le ardían en los labios. De cogerla a la fuerza entre sus brazos y de suplicarle: "Ayúdame tú..." Salió a la galería. No se encontró con nadie. Delante del antiguo cuarto de los niños se detuvo, sin atreverse a entrar. Veía en su cama blanca a Gloria dormida.
Cuando por la noche regresaban de algún sitio iba siempre a besarla. Gloria se despertaba a medias, y, echándole los brazos al cuello, le murmuraba frases incoherentes que nunca le decía despierta. "Te quiero, mamaíta, chiquitina." Irene abrió la puerta y sus ojos recorrieron la gran habitación, también desconocida. Aquí había transcurrido la adolescencia de su hija. Se acercó a la cama-diván y su mano se apoyó en el rollo del almohadón. ¿Qué penas y qué alegrías, que ella ignoraría siempre, habrían cruzado por su cabeza de niña? Fue hacia la mesa, abarrotada de libros y cercada de fotografías, y una a una las miró: Gloria en un campo de tenis junto a un muchacho de buena facha; Gloria conduciendo un coche lleno de chicas que reían; Gloria esquiando sobre un paisaje de nieve. Al coger una nueva fotografía le tembló la mano. ¡Gloria y Pablo Arroyo del brazo! Y sintió el mismo sobresalto que le produjo oír su nombre en labios de su hija. ¿Con qué iría a encontrarse en esta casa? La agobiante impresión que percibió al cruzar su umbral volvió a acentuarse. El desconocer los muebles, las alfombras, hasta el color de las cortinas, parecía subrayar su ignorancia de cuanto palpitaba entre aquellas paredes. Irene se inclinó automáticamente y recogió unas medias tiradas en el suelo; juntó unos zapatos dispersos al lado de la cama. ¡Qué pies tan pequeños tenía para lo alta que era! Luego se dirigió a la estantería de libros. Recorrió sus títulos con la vista. Textos universitarios, tratados de esto y de aquello. Ni una sola novela, ni un solo libro de versos. Sobre una mesita, un tubo de labios y una manivela rota. Irene ordenó unas cuartillas llenas de apuntes.
Escondida entre ellas descubrió una cubierta encarnada: Amor triunfante. Irene sonrió. Y seguía sonriendo al deslizarse por el pasillo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com