Salir a robar caballos (fragmento)Per Petterson

Salir a robar caballos (fragmento)

"Yo no contaba más que siete años cuando decidimos convertir aquello en un rito anual, mi hermana y yo, y no porque fuera un placer, sino porque creíamos necesario tomar una decisión que nos exigiera un esfuerzo fuera de lo normal, que nos doliera lo suficiente, y en esos momentos aquello parecía doler lo suficiente. Los soldados alemanes habían llegado a Oslo tres semanas antes, y habían desfilado por la calle de Karl Johan en una columna inacabable, y ese día hacía frío y la calle estaba silenciosa, y sólo el chasquido unísono de las botas militares, semejante al restallido de un látigo, resonaba entre las columnas que se alzaban junto a las aulas, rebotaba allí en las paredes y retumbaba como un eco por encima de la plaza adoquinada de la universidad. Y luego el repetido estruendo de los cazas Messerschmitt que volaban bajo sobre la ciudad provenientes del fiordo, de mar abierto y de Alemania, y todos los mirábamos de pie, callados, y mi padre no dijo nada, y yo no dije nada, y nadie en toda la multitud dijo nada. Levanté la vista hacia mi padre y él la bajó hacia mí y negó lentamente con la cabeza, y entonces yo negué con la cabeza también. Él me tomó de la mano y me sacó de la aglomeración que se había formado sobre la acera y caminamos calle abajo, por delante del Parlamento en dirección a la estación del Este para ver si pasaba el autobús de Mosseveien o si salía el tren hacia el sur o si, por el contrario, todo estaba paralizado aquel día a excepción de las tropas alemanas que de pronto pululaban por todas partes. No recuerdo cómo entramos en la ciudad finalmente, si fue en tren o en autobús o si nos llevaron en coche, pero en todo caso conseguimos llegar a casa, y es posible que fuese a pie.
No mucho tiempo después, mi padre desapareció por primera vez, y mi hermana y yo empezamos a bañarnos en el frío fiordo, con el corazón desbocado y la cuerda preparada. "



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