Un hombre en la raya (fragmento)José Jiménez Lozano

Un hombre en la raya (fragmento)

"Aquel invierno fue el más crudo y largo, y, tras el blancor de los almendros, volvió el de la nieve. Nevó de improviso, cuando ya no se esperaba, y ni los más avezados a escrutar las nubes fueron capaces de prevenirlo, mucho menos los partes meteorológicos que oían. Nevó intensamente en la tarde de aquel domingo, de nuevo, y luego lo hizo durante los días siguientes, durante casi toda la semana. Dos o tres días se emplearon en la busca de las ovejas que no habían vuelto, y no pudo encontrárselas. No se encontraron tampoco pisadas de lobo, pero las ovejas podían haber ido muy lejos, o quizás se habían amparado a algún cobijo. Como no había helado mucho, quizás todavía pudiera encontrárselas con vida, y, antes de volver al pueblo, decidieron los buscadores dar una última batida, porque hallaron huellas, aunque desfiguradas porque estaban formadas por el esfuerzo hecho con las patas para salir del atolladero de la nieve, según les pareció. Las huellas se perdían, pero volvían a encontrarse, aunque no siempre en un supuesto camino hacia adelante, sino como serpenteando o, a veces, daban la impresión de describir círculos; como siempre sucedía, por lo demás, cuando se pierde un animal, y hasta cuando se desorienta un hombre; y, durante la marcha de la búsqueda, no faltó quien relató su propia confusión en medio de la nieve. Era una experiencia de muchos realmente, pero en algunos casos había sido muy extrema; y dos de los buscadores relataron que se habían salvado gracias al «Aprisco viejo», una antigua casa o cabaña de pastor que, por lo menos, ofrecía cuatro paredes y una chimenea, y amparaba también, con el calor con el que las solanas cobijan, a un regato que pasaba a su lado por la parte oriental, bajo una especie de resalte de tinada o tejadillo, que impedía que se helase. Y, en más de un caso, el que allí llegó no pudo ni hacer fuego, porque no llevaba consigo cerillas ni encendedor, pero pudo acostarse, de todos modos, en el heno, que buena pelliza era. El «Aprisco viejo» había salvado vidas, y, si se acondicionaba un poco, no resultaba mal refugio.
Decidieron entonces apurar una noche más allí, y luego, a la mañana siguiente, volver a rastrear el bosque de hayas en la parte de la jara y las zarzas, e incluso subir allá arriba, donde estaba la última aldea, y hasta la planicie y más en lo alto aún. Y se dispusieron a ello. Se quedaron, prosiguiendo el ojeo, dos de los hombres y tres de los mozos, y los otros cinco hombres bajaron al pueblo. Uno de los mozos bajaría en busca de unas viandas con las que cenar, y desde luego podían hacer una fogata en el hogar, y dormir calientes en el suelo de la cocina, donde además había un escaño grande, y una mesa para la charla y la cena. Y eso fue lo que se hizo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com