La cripta de los capuchinos (fragmento)Joseph Roth

La cripta de los capuchinos (fragmento)

"El tren marchaba lentamente y el maquinista pitaba sin descanso; por un pequeño camino tropeles de heridos, a pie o en carros de campesinos, venían en dirección contraria. Yo —como entonces experimenté por primera vez— soy bastante insensible a las llamadas grandes impresiones. Así, por ejemplo, la visión de los heridos que yacían en cualquier vehículo, probablemente porque les habían amputado piernas o pies, me parecía menos terrible que la de los soldados solos, indefensos y tambaleantes, a los que solamente les había rozado un tiro, pero de cuya herida goteaba ininterrumpidamente sangre nueva a través de la venda de un blanco de nieve. A ambos lados del pequeño tren, por las lejanas praderas donde ya había caído el otoño, cantaban a pesar de todo los grillos tardíos, porque un engañoso y cálido atardecer de septiembre les había llevado a creer que todavía era verano, o que un nuevo verano se acercaba.
En el puesto de mando del destacamento me encontré por casualidad con el cura castrense del treinta y cinco. Era un hombre de Dios, gordo y satisfecho de sí mismo, vestido con brillante sotana, estrecha y tirante. Se había perdido en la retirada, junto con su sirviente, su cochero, su caballo y el furgón cubierto donde guardaba no solamente su altar y los objetos de culto, sino también un buen número de aves, botellas de licor, pienso para el caballo, y todo lo que había requisado en las granjas de los campesinos. Me saludó como se saluda a un amigo al que no se ha visto en mucho tiempo. Como temía equivocar de nuevo el camino, volver a perderse, no se decidía a regalar sus gallinas al destacamento, donde desde hacía diez días que la gente sólo se alimentaba de conservas y patatas. La verdad es que aquí no era muy popular el cura castrense, pero él se resistía a marchar un poco al azar por un camino arriesgado que no conocía bien. Yo pensaba en mi primo Joseph Branco y en el cochero Manes Reisiger: ellos hubiesen preferido siempre el riesgo a la espera. Según la información recibida, nuestro treinta y cinco debía encontrarse a unos tres kilómetros al norte de Brzezany, así que me puse en camino con el cura, su coche y sus gallinas, pero sin mapas, provisto solamente de un croquis dibujado a mano. "



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