El encuentro (fragmento)Anne Enright

El encuentro (fragmento)

"Era el segundo verano que pasaba en Londres. Liam no se había presentado a los exámenes finales y yo ganaba algo de dinero para mi último curso trabajando en Elephant and Castle. Él había encontrado el antro donde nos alojábamos: un edificio de tres pisos y sótano que parecía no tener dueño. En la sala de estar reinaba un olorcillo penetrante, mezcla de PVC, sardinas y orines, y al final descubrimos que procedía de los enchufes, que echaban chispas y destrozaban cualquier aparato que estuviera conectado a ellos. Unos rastros negros de humo manchaban el plástico blanco y, cuando nos agachábamos para mirarlos y olisquearlos, la moqueta nos dejaba óvalos de humedad en las rodillas. No recuerdo cómo era la ropa de cama sobre la que, en habitaciones contiguas, cada inquilino gozaba del sexo de los pobres, y cuerpos que yacían después en abandono pictórico sobre las ondas y las arrugas de las sábanas cada vez más grises.
Éramos jóvenes, así que supongo que es posible que fuéramos también guapos; de todas formas, la pobre muchacha con los guantes de malla sacaba de quicio a todos, y el joven australiano caía mal por su bronceado y todos querían que se callara o se largara de una vez; ambos, tal como los recuerdo ahora, encantadores a más no poder: ella, alzando los blancos hombros de huesos duros y pequeños mientras fumaba sus Gitanes, y él, con el torso desnudo en la cocina; la línea de vello que le recorría el pecho se interrumpía sobre el ombligo para luego brotar, hasta ir a hundirse en una maraña rubia, bajo sus alegres shorts australianos. Estos eran los diletantes claro está, los turistas como yo, los que no temblaban ni gritaban ni daban puñetazos, los que no lanzaban bolsas de basura por la ventana en mitad de la noche porque habían olvidado por un momento dónde estaban. Había un camello en el sótano, pero poca droga dentro del edificio, o tal vez fuera que nadie me la ofrecía a mí; por mis cabellos rubios y mi cara fina ya entonces debía de estar claro que no iba de ese palo. Tampoco nadie intentó follar conmigo, aunque una noche el australiano y yo nos lo montamos, solo porque tuvimos la oportunidad.
Pienso algunas veces en aquel encuentro —cuando, por ejemplo, me digo que debería volver a salir por ahí y «hacerlo»— y lo recuerdo como si fuera una escena de película: cuerpos moviéndose juntos a la luz del atardecer, miembros que forman lentos ángulos, lenguas que se arquean hacia fuera. Y eso que estoy segura de que lo hicimos en la oscuridad, después de beber unas copas de vino malo a la luz de las velas en el descuidado jardín trasero. Hubo algo en aquel encuentro que hacía pensar que lo experimentábamos casi enteramente desde fuera; mi joven cuerpo, su joven cuerpo, todas las posturas y movimientos y, por encima de nosotros, mi mirada atenta, quizá su mirada atenta, o ambas unidas. Eramos tan maravillosa y limpiamente pornográficos, y tan amigos, que fue casi como bailar, y no sentí nada más que lo que debe de sentir una bailarina, aparte de cierta tensión mientras me aferraba al australiano, deseosa de que la escena, con todas sus cuidadosas variaciones, durara un poco más. "



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