El jefe de estación Fallmerayer (fragmento)Joseph Roth

El jefe de estación Fallmerayer (fragmento)

"Este extraño aroma permaneció en la casa, en la memoria, hasta podría decirse que en el corazón de Fallmerayer con una fuerza mucho mayor que la catástrofe. Y durante las semanas siguientes, en las cuales se investigaron detenidamente y de acuerdo a lo prescrito las causas más precisas y los sucesos más detallados del siniestro, y en las que Fallmerayer fue interrogado un par de veces, éste no cesó de pensar en la mujer y, como aturdido por el olor que ella había dejado en torno suyo y dentro de él, dio respuestas casi embrolladas a preguntas precisas. Si su trabajo no hubiera sido relativamente fácil y él mismo no se hubiera convertido desde años atrás en un componente casi mecánico del servicio, ya no habría podido ejercerlo con la conciencia limpia. Sigilosamente, esperaba en cada correo una noticia de la mujer. No dudaba de que ella escribiría, como era lo correcto, para agradecer la hospitalidad. Y, en efecto, un día llegó de Italia una gran carta azul oscuro. La Walewska escribía que había continuado con su esposo el viaje hacia el sur. En ese momento se encontraba en Roma. Ella y su esposo querían viajar hasta Sicilia. Para las gemelas llegó al otro día una linda canasta de frutas, y del esposo de la condesa Walewska para la esposa del jefe de estación un paquete de rosas pálidas y fragantes. Había tardado mucho —escribió la condesa— antes de encontrar tiempo para dar las gracias a sus bondadosos anfitriones, pero había seguido sintiéndose conmocionada hasta mucho tiempo después de su arribo a Merano y había requerido de reposo. Fallmerayer llevó de inmediato las frutas y las flores al departamento. Pero la carta, aunque había llegado un día antes, la retuvo un poco más. Frutas y rosas despedían un aroma muy fuerte del sur, sólo que a él le parecía como si la carta de la condesa tuviera un aroma más poderoso. Era una carta breve. Fallmerayer la sabía de memoria: conocía perfectamente el lugar de cada palabra. Escrita con tinta lila y con rasgos grandes y presurosos, las letras eran como una hermosa multitud de pájaros esbeltos, extraños, con raras plumas, que revoloteaban contra el fondo azul profundo. «Ania Walewska» decía la firma. Acerca del nombre de pila de la mujer, que nunca se atrevió a preguntarle, desde tiempo atrás sentía una gran curiosidad, como si ese nombre fuera uno de sus secretos encantos corporales. Ahora que lo conocía, era para él como si ella le hubiera regalado un dulce secreto. Y por celos, a fin de guardarlo sólo para él, se resolvió a mostrar la carta a su mujer sólo dos días más tarde. Desde que conocía el nombre de la Walewska, se dio cuenta de que el de su mujer (se llamaba Clara) no era hermoso. Cuando vio con qué manos tan indiferentes la señora Clara desdoblaba la carta de la desconocida, recordó también las manos de ésta… así, como si las viera por primera vez, sobre la piel, unas manos inertes, dos centelleantes y plateadas manos. Entonces hubiera debido besarlas —pensó por un momento. "


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