El banquete de Severo Arcángelo (fragmento)Leopoldo Marechal

El banquete de Severo Arcángelo (fragmento)

"Ignoraba yo los efectos que la interpelación del navegante habría conseguido en los huéspedes incógnitos de la Casa Grande, a cuya intimidad yo no pertenecía de momento. En cambio, y durante cuarenta horas más, pude advertir cómo se adensaba en sus hombres externos la atmósfera de iracundo vacío que los envolvió, según dije, al finalizar el Primer Concilio del Banquete.
Y de pronto algo nuevo comenzó a bullir en la casa. Fue al principio un rumor elogioso de origen ignorado, que iba trenzándose a otros rumores igualmente felices y que los hombres de cocina dejaban caer en la oreja de los choferes y éstos en la de los mucamos y los peones de jardín. Esa gran ilusión tenía su nombre, y acaso no era más que un nombre: la Cuesta del Agua. Tras la sensación de oquedad que había dejado en las almas el discurso de Frobenius, la gente parecía entregarse a esa ilusión con el alivio del náufrago que se agarra de pronto a un barril flotante.
La Cuesta del Agua, según comprobé muy luego, tenía para todos la significación de un lugar geográfico, entendido como existente, pero dudoso en su verdadera ubicación. Lo que generalmente importaba era el carácter «edénico» asignado a la Cuesta por los rumores, y la noción de frescura dichosa que sugería inevitablemente. Lo que diversificaba esa noción era la obra personal de fantasía que todos y cada uno edificaban sobre tan débil soporte: por el momento, la Cuesta del Agua sólo tenía la endeble consistencia de un substrátum ofrecido a las arquitecturas de lo posible. Más tarde registré dos modificaciones que se introdujeron en tan vaga ilusión: según la primera (que se dio no bien los moradores afianzaron sus íntimas credulidades), la Cuesta del Agua ya no era un paraíso teórico regalado a los ensueños de la imaginación, sino una realidad tangible que podía merecerse y alcanzarse. Algún tiempo después una segunda modificación vino a complicar el dibujo: la Cuesta del Agua, si poseía una entidad concreta, no se daba ya como una fundación reciente que se pareciera, en cierto modo, a una colonia de vacaciones, sino como una heredad perdida y olvidada, en cuyo descubrimiento y restauración estarían trabajando ahora competentes arqueólogos.
Aquella novedad me sorprendió en circunstancias desventajosas: Bermúdez no salía del eclipse o encierro que me anunciara él mismo en su almuerzo final; también había desaparecido el doctor Frobenius, reclamado, según los choferes, por actividades externas. No me quedaban, pues, otros agentes informativos que los clowns, y los busqué un atardecer en las inmediaciones del gallinero: no estaban allí, pero en la choza, cuya puerta se veía cerrada, me pareció advertir los ecos de una gran actividad interior. Llamé a la puerta, y mi llamado resultó inútil. Entonces volví al chalet, que usufructuaba yo ahora exclusivamente, y en su living comedor tejí las deducciones que siguen. "



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