La cruzada de los niños (fragmento)Marcel Schwob

La cruzada de los niños (fragmento)

"Lejos del incienso y de las casullas, puedo muy fácilmente hablar con Dios en esta habitación desdorada de mi palacio. Es aquí donde vengo a pensar en mi vejez, sin que nadie me lleve en brazos. Durante la misa, mi corazón se eleva y mi cuerpo se tensa; el centelleo del vino sagrado colma mis ojos, y mi pensamiento se lubrifica con los óleos preciosos; pero, en este lugar solitario de mi basílica, puedo encorvarme bajo los efectos de mi fatiga terrestre. ¡Ecce homo! Pues el Señor no debe oír de ningún modo la voz de sus sacerdotes a través de la pompa de los mandamientos y de las bulas; y no hay duda de que ni la púrpura, ni las joyas, ni las pinturas le complacen; pero en esta pequeña celda quizá tenga Él compasión de mi balbuceo imperfecto. Soy muy viejo, Señor, y heme aquí vestido de blanco ante Ti, y mi nombre es Inocencio, y Tú sabes que no sé nada. Perdóname mi pontificado, porque fue instituido, y yo lo padezco. No fui yo quien dispuso tales honores. Prefiero ver tu sol a través de esta ventana redonda que en los reflejos magníficos de mis vidrieras. Déjame gemir como un viejo cualquiera y volver hacia ti este rostro pálido y arrugado que a duras penas levanto por encima del oleaje de la noche eterna. Los anillos se deslizan por mis dedos enflaquecidos, del mismo modo que se escapan los últimos días de mi vida. "


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