La hermandad de la uva (fragmento)John Fante

La hermandad de la uva (fragmento)

"Hilda Dietrich y yo estábamos estrechamente unidos por un sentimiento que nos ataba para toda la eternidad: el odio. Nunca había perdonado a Harriett que se casara conmigo ni yo le perdonaba a ella que fuese la madre de mi mujer.
Lo que mi suegra no toleraba era mi ascendencia italiana. San Elmo ha cambiado mucho, pero hace cuarenta años los inmigrantes italianos representaban la tercera parte de la población. Los señoritos de la zona, los americano protestantes —los Schmidt, los Eicheldorn, los Kisberg y los Dietrich—, llenos de horror, se vieron de pronto rodeados por ruidosos macarronis que trabajaban en la construcción del ferrocarril de la Southern Pacific. Macarronis que se multiplicaron en proles numerosas de tez desagradablemente morena y construyeron una iglesia católica para cultivar sus primitivas supersticiones.
Con la promulgación de la Ley Seca, muchos de aquellos primates se dedicaron al contrabando. Compraron tierras, cultivaron viñas y, a pesar de las bombas que estallaban ocasionalmente y un par de tiroteos entre bandas, adquirieron una respetabilidad molesta. En 1926 saltó por los aires la fachada del Café Roma y en 1931 un matón llamado Petresini fue abatido a tiros en el cruce de Lincoln y Vernon. Los proyectiles que mataron a Petresini se incrustaron en un poste de teléfonos que había allí mismo, y los niños de las generaciones posteriores acudíamos a medir la profundidad de los impactos, como Santo Tomás cuando introdujo el dubitativo dedo en las heridas de Nuestro Señor. "



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