El cerco de Londres (fragmento)Henry James

El cerco de Londres (fragmento)

"Fueron pasando por las salas del Luxemburgo, y, aparte que lo miró todo una vez y nada el tiempo suficiente, que hablaba, como siempre, un poco demasiado alto, y que dedicó demasiado tiempo a las malas copias que se estaban haciendo de algunos cuadros sin relevancia, la señora Headway fue una compañera muy agradable y una agradecida receptora de conocimientos. Lo captaba todo rápidamente, y Waterville estaba seguro de que antes de salir del museo ya había aprendido algo sobre la escuela francesa. Estaba bien preparada para comparar críticamente lo que había visto con las exposiciones que vería en Londres, al año siguiente. Como Littlemore y él mismo habían observado en más de una ocasión, la dama era una mezcla muy poco común. Su conversación, su personalidad, se hallaban repletas de pequeñas junturas y costuras, todas ellas muy visibles, por lo que se unían lo viejo y lo nuevo. Cuando hubieron pasado por las distintas salas del palacio, la señora Headway propuso que, en vez de volver directamente, dieran un paseo por los jardines contiguos, pues tenía grandes deseos de verlos y estaba segura de que le gustarían. Había captado rápidamente la diferencia entre el viejo París y el nuevo, y sentía la fuerza de las evocaciones románticas del Barrio Latino como si hubiera disfrutado de todos los beneficios de la cultura moderna. El sol del otoño calentaba los senderos y terrazas del Luxemburgo, la masa de follaje sobre sus cabezas, recortada y cuadriculada, oxidada por manchas rojizas, proyectaba un grueso encaje por todo el cielo blanco, veteado del más pálido azul. Los arriates de flores próximos al palacio eran del más intenso amarillo y el rojo más vivo, y la luz del sol descansaba en las lisas y grises paredes del ala sur del sótano, ante las cuales, en los largos bancos verdes, una hilera de niñeras de mejillas tostadas con cofias y delantales blancos, se hallaban sentadas ofreciendo nutrición a igual número de bultos envueltos en paño blanco. Había también otras gorras blancas deambulando por los anchos caminos atendidas por pequeños y bronceados niños franceses; las silletas de paja estaban recogidas y apiladas en algunos sitios y diseminadas en otros. Una vieja dama de negro, con el pelo blanco sujeto sobre cada una de las sienes por una gran peineta negra, estaba sentada al borde de una banco de piedra (demasiado alto para su delicado tamaño), sin moverse, mirando fijamente hacia adelante y agarrando una gran llave; debajo de un árbol un sacerdote estaba leyendo, podía verse desde lejos cómo movía los labios; un joven soldado, enano y patirrojo, se paseaba con las manos en los bolsillos, que estaban ya muy distendidos. "


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