La conquista del aire (fragmento)Belén Gopegui

La conquista del aire (fragmento)

"Movía el vaso y miraba las piernas y los zapatos de quienes estaban sentados cerca. Debía calmar el borbotón de furia, impidiendo que la invadieran el fatalismo y la tristeza, la sensación de haber sido abandonada, el impulso de buscar la revancha mediante un golpe de efecto más fuerte aún que el de Guillermo. Hacía viento. Marta cerró los ojos y se soñó en Alemania. Eso era, se dijo, lo que tenía que calmar, el «tú te has ido a un apartamento, pues yo me voy pero a otro país». Entonces pensó que Guillermo no se había ido. Había alquilado un apartamento porque los dos tenían un problema. Y Marta se acordó de la casa de Ciudad Jardín. Estaban a 10 de mayo, la contestación debían darla antes del 6, luego la casa ya la habían perdido, pensó, aunque imaginaba que en otras circunstancias podrían intentarlo aún. Tal vez era un problema que a ella se le hubiera pasado la fecha, pero más grave debía de ser que ella no quisiera pensar en la casa y que Guillermo pensara demasiado. Había muchos otros problemas, reconoció. Estaba el final de su contrato de asistencia técnica y la reciente posibilidad de un nuevo contrato de asesora que la obligaría a viajar todas las semanas, estaba la decisión de tener hijos, y Carlos. Estaban, se dijo, como siempre, los caballos y los soldados de plomo. Caballos frente a soldados, caballos imaginarios, sudorosos, brillantes, frente a inmóviles, firmes, soldados de plomo.
Pagó el café. La separación le había pasado a ella, era miércoles, eran las nueve de la noche del 10 de mayo del 1995, y al día siguiente sería jueves, y al otro viernes y entonces Guillermo iría a buscar su ropa, pero ella estaría en el ministerio. Cómo sería el apartamento que había alquilado. Ni siquiera sabía en qué calle estaba. Recordó que el sábado era la fiesta de despedida de Jorge y Concha y se preguntó si Guillermo iría y cómo tendrían que comportarse. ¿Habría contado algo? Se dijo que era todo una locura, una estúpida locura; ella misma, al dejar que todo siguiera adelante, se estaba comportando como una loca, como el copiloto imprudente que ante la velocidad desmedida del conductor calla, arrastrado, también él, por el vértigo sin límite. Y al pensarlo notó que se ruborizaba, no podía trastocar tanto las cosas, quién iba a aceptar la imagen de Guillermo, el flemático, haciendo trizas el cuentakilómetros. Guillermo se había bajado del coche, y ella seguía pulsando el acelerador. Por vez primera se asustó. Si Guillermo había echado a andar fuera de la carretera tal vez ya no diera con él. Ella sabía que había una trampa en comparar mediante cantidades la velocidad del coche y la del peatón. Eran velocidades cualitativas. "



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