Ewald Tragy (fragmento)Rainer María Rilke

Ewald Tragy (fragmento)

"Y, de vez en cuando, suenan unas grandes campanas que antes no había oído jamás, y entonces cruza las manos sobre el pecho, cierra los ojos y sueña que las velas arden a su cabecera, siete altas velas de llamas rojas y quedas, que se yerguen como flores en medio de esa solemne tristeza.
Pero el anciano caballero tiene razón: la fiebre pasa y Tragy, de repente, ya no encuentra los sueños. Las nuevas fuerzas, reposadas, se mueven impacientes en sus miembros y lo sacan de la cama, casi contra su voluntad. Durante un rato sigue jugando a estar enfermo, pero, en ocasiones, se encuentra a sí mismo sonriendo; y el motivo no es otro que el azar que por un momento mantiene en suspenso el sol de invierno, de manera que por todas partes hay brillos y resplandores. Y esa sonrisa es un síntoma.
Todavía no debe salir fuera, así que se queda en la habitación esperando. Ahora todo parece hecho para su propio regocijo: cualquier sonido que llega de fuera es recibido como un poeta ambulante y tiene que recitar algo. Y Tragy espera una carta, una carta cualquiera. Y que el señor Von Kranz llame en algún momento a la puerta. Pero los días pasan. Fuera nieva, y el ruido se pierde en la espesa nieve. Ni carta ni visita. Y las noches no tienen fin. Tragy se ve a sí mismo como alguien de quien se han olvidado, e, involuntariamente, empieza a moverse, a llamar, a hacerse ostensible. Escribe a casa, al señor Von Kranz, a todos los que ha conocido por casualidad, e incluso envía algunas cartas de recomendación que había traído de casa y que no había utilizado hasta entonces, y espera que le respondan con invitaciones. En vano. Continúa olvidado. Puede gritar y hacer señales. Su voz no llega a ninguna parte.
Y justo en esos días su necesidad de comprensión es tan grande…: no deja de crecer en su interior y se convierte en una sed seca e impetuosa que no lo humilla, sino que le amarga y le obstina. De repente, piensa si acaso no puede exigir a alguien lo que en vano pretende de todo el mundo, como un derecho, como una vieja deuda que se cobra por lodos los medios, sin reparos. Y le exige a su madre: «Ven, dame lo que me pertenece».
Se convierte en una carta larga, larga, y Ewald escribe hasta muy entrada la noche, cada vez más deprisa y con las mejillas cada vez más ardientes. Ha empezado por exigir una obligación y, antes de saberlo, está pidiendo una gracia, un regalo, calor y ternura.
Aún hay tiempo —escribe—, aún soy blando y puedo ser como cera en tus manos. Cógeme, dame una forma, acábame. "



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