Llegaron del mar (fragmento)Mario Monteforte Toledo

Llegaron del mar (fragmento)

"Frente Alta Tziquín se arrellanó en su estera cubierta de plumas y vellones, enlazó las manos bajo su vientre suntuoso y entró en ensoñación. La vida no había sido mala para él. En su palacio nadie asentaba el pie sino en alfombras finísimas de algodón en las habitaciones menores, plumerías recamadas de plata en los salones principales. Sus espejos eran famosos y las mujeres de las casas nobles tenían a gran honor que les permitiese mirarse en ellos. Usaba túnicas de ceremonia que sólo se ponía unas cuantas veces y colgaba a sus sirvientes montones de collares de pedrería. Dormía con una máscara de mosaico de turquesa, porque hasta el más delgado rayo de luz molestaba sus párpados sin pestañas, y en sus almacenes se amontonaban granos y mantas como para saciar el hambre y cobijar el frío de un pueblo. El agua de sus estanques estaba purificada, para que dejase ver hasta las arenillas del fondo, y por sus jardines se paseaban soberbias las garzas rojas y morenas, y los pavos de crestas amarillas, su mesa era un panorama, donde a diario lucían pájaros que se licuaban en la boca al primer mordisco, perros cebados con finas viandas, huevos de colores, pescados y frutos traídos desde parajes distantes que sólo conocían sus proveedores. Estragado, acariciaba su tedio como quien pasa la mano sobre el lomo de un tigrillo, y sólo comía ojos y bocados que sus trinchadores debían separar con minuciosidad de cirujano.
La vida no había sido mala para él.
El reino tenía lejanas posesiones de las que se sabía poco. De tarde en tarde enviaban sus tributos; hule, extrañas carnes ahumadas, raíces medicinales, pieles, cacao, plumas de lujo, tintes, alas de mariposa. No era mucho; pero sí lo bastante para dejar constancia del vasallaje y de la disponibilidad de hombres en caso de guerra.
Una vez al año iban los enviados a reanudar los juramentos de alianza y a obsequiar a los caciques joyas elaboradas por los mejores orfebres de la metrópoli, y muchachas de clara piel. Ansiosos de regresar, los enviados tardaban poco por aquellas tierras donde hacía calor y caían tempestades con rayos más gruesos que los troncos de los cedros. La gente, además, era brusca, irreverente y se golpeaba las nalgas al reír a carcajadas.
De una de esas posesiones llegó cierta vez un joven de mediana estatura, fácil sonrisa y palabra amaestrada. Llevaba siempre la cabeza erguida, echada hacia atrás, y la gente le puso el nombre de Frente Alta. Dijo que era noble y para evidenciarlo mostró sus manos pulidas y sin callos, sus talegos llenos de oro y dos arcones de joyas. Halagaba mucho y gastaba aún más, y los Principales le creyeron. Se presentaba como embajador de los caciques costeños para concertar sutiles pactos, y dijo que volvería a su tierra tan pronto se elaborasen. "



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