La rendición de Santiago (fragmento)Silverio Lanza

La rendición de Santiago (fragmento)

"¡Pobres médicos! A veces lucháis vergonzosamente por un panecillo y salváis al enfermo, para matarle después hambriento o abochornado por su deuda. Pensad que la Iglesia tiene consigo las multitudes, porque siempre da un consuelo para los dolores de la conciencia, y que el apoyo de las muchedumbres le da su influjo sobre la escéptica aristocracia.
Pensad que también vosotros seríais poderosos, si pudieseis dar siempre un consuelo para los dolores de la carne.
Pensad que los productos de la justicia son para los letrados y los curiales, y los productos de la fe, para los sacristanes y los clérigos, y que los inmensos productos de la caridad no son para vosotros, porque habéis consentido que los administren, y los usufructúen, y los roben, cuatro caciques sin vergüenza.
¡Pobres médicos!
¿Qué noción tenéis de vuestra nulidad, que así olvidáis la razón que os asiste, la ley que os ampara y el decoro profesional que os obliga?
Estoy harto de ver directores generales de Sanidad, que son doctores ricos afamados, ilustradísimos, diputados a Cortes, directores de periódicos, hombres poderosos, libres y correctísimos, que no se atreven a perseguir a los sumisos consentidores y alcahuetes de la beata que receta oraciones, del entrometido que receta emplastos, del fraile que cura el cáncer del estómago y la hipertrofia del corazón, del canalla que facilita abortivos y del vividor que explota la dermis y la obscenidad ajenas.
¡Pobres águilas que se dejan picar por las gallinas!
¡Pobres médicos!
Cuando Santiago comprendió que se hallaba en el hospital, sintió el frío del espanto.
Oyendo el murmullo de las conversaciones, algún quejido, y el continuo golpear de la mampara, pasó Santiago la tarde. Encendieron las luces, llegó la noche, y adormecido por la canturía del rosario, rezado en un rincón de la sala, se durmió Santiago sin haber comido y sin que nadie le hubiese molestado. Al amanecer tuvo sed, y bebió de un agua blanquezca que le dejó la boca pastosa; volvió a dormirse; se despertó a las siete, y oyó desperezos y lamentos, el ruido que producían los mozos al hacer la limpieza, y la conversación de dos vecinos que esperaban coger el alta aquel mismo día. "



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