Picnic (fragmento)William Inge

Picnic (fragmento)

"Howard.—Estás muy elegante, Rosemary.
Rosemary.—(Su tono debe dar a entender claramente que no es mujer que se someta a ningún hombre.) Me parece que podías haberte dejado puesta la chaqueta.
Howard.—Todavía hace mucho calor, aunque estemos en septiembre. Buenas tardes, Madge.
Madge.—Hola, Howard.
Flo.—¿Cómo van las cosas en Cherryvale, Howard?
Howard.—Se hace negocio. Es la época del retorno a la escuela... y todo el mundo compra.
Flo.—Cuando los negocios son buenos, las cosas mar­chan bien para todo el mundo.
Millie.—(Sale de la cocina y se detiene tímidamente de­trás de Howard.) ¡Hola, Howard!
Howard.—(Volviéndose y haciendo un descubrimiento.) ¡Caramba, Millie es una chica muy atractiva! Nunca me ha­bía dado cuenta hasta ahora.
Millie.—(Acercándose a Flo, aprensiva.) Mamá, ¿a qué hora dijeron que vendrían?
Flo.—A las cinco y media. Me lo has preguntado una docena de veces. (Se oye el ruido de unos automóviles que se aproximan, y Flo mira a lo lejos, fuera de la escena, por la derecha.) ¡Alan ha traído los dos coches! (Millie entra corriendo en la casa.)
Señora Potts.—(A Flo.) Algún día la veremos a usted paseando en ese gran Cadillac...
Alan.—(Entrando por la derecha.) ¿Todo el mundo listo?
Flo.—Siéntese un momento, Alan.
Rosemary.—(Con aire de anfitriona impecable.) Cuan­to más tiempo, mayor será el placer.
Alan.—He traído los dos coches. He pensado que Hal y Millie pueden llevar las cestas en el Ford. Hal lo está es­tacionando ahora. (A Madge, que está sentada en la barandilla del porche de la señora Potts.) ¡Hola, preciosa!
Madge.—¡Hola, Alan!
Alan.—(Llamando a su amigo, que está fuera de la esce­na.) ¡Vamos, Hal!
Flo.—¿Es un conductor prudente, Alan? (Esta pregun­ta queda sin respuesta. Hal llega corriendo, tirándose, molesto, de las hombreras de la chaqueta, y gritando con voz que en tiempos pasados atronó los aposentos de la Uni­versidad.)
Hal.—¡Eh, Seymour! Mira, soy un chicarrón. Soy mu­cho más corpulento que tú. No puedo usar tu chaqueta.
Alan.—Pues quítatela.
Señora Potts.—Eso es. A mí me gusta que los hombres estén cómodos.
Hal.—(Con amplia sonrisa, que denota absoluta confian­za en sí mismo.) Nunca he podido ponerme la ropa de otro. Miren: soy muy ancho de hombros. (Demuestra su aseveración.) Tenía que hacerme toda la ropa a la medida. (Balan­cea los brazos, satisfecho de la libertad en que los encuentra. La señora Potts le contempla con admiración; las otras mujeres le miran pensativas.)
Alan.—(Deseando concluir con las formalidades.) Escu­cha, Hércules: ya te he presentado a la señora Owens. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com