Un hombre (fragmento)Josep María Gironella

Un hombre (fragmento)

"Oyéndoles, Miguel se sintió invadido por una tristeza repentina: incluso aquellos holgazanes ganaban con su propio esfuerzo algunas monedas. ¿Y él…? Ya la visita a monsieur Couré le había dejado a este respecto mal sabor de boca. El despacho del procurador tapizado de archivadores, las dos máquinas de escribir, las completísimas hojas de liquidación que le había entregado, todo le recordó que su situación se parecía excesivamente a la de un parásito. Por si ello fuera poco, apenas se quedó solo le trajeron una carta. Era una carta de su amigo el fotógrafo de San Sebastián. Estaba fechada «en la carretera del Tedio, en pleno invierno…»; y en ella el aficionado astrólogo le decía a Miguel que en la tierra todo seguía lo mismo, horizontal y monótono, el «rebaño», obedeciendo, y rebaño y pastores haciéndose retratar por vanidad.
Miguel subió a su habitación, se encerró por dentro, se tumbó en la cama; con un fósforo prendió fuego a la carta y con la carta encendió un pitillo. El grifo del lavabo gorgoteaba. La cosa estaba clarísima: el fotógrafo… también trabajaba. Era un loco, pero trabajaba. Así, pues, trabajaban hasta los locos. El único que holgaba era Miguel Serra, hijo de ampurdanés, huérfano, jesuita frustrado, fabricante frustrado, catedrático de Historia frustrado, guitarrista, pesimista científico, protector de menores, habitante de un hermoso pabellón japonés, rentista, y hombre guapo amante de las hogueras. ¡Ah, estuvo a punto de romper a llorar! El retrato de su madre, que presidía la habitación, y del que el miniaturista había sacado una copia a todo color, constituía el peor de los reproches. Por fortuna, sus camaradas —¡detalle exquisito!— le habían dejado en la mesilla de noche, descorchada, pero entera, una de las botellas de coñac de su bien ganada despensa.
Miguel había dejado de cumplir una de las promesas hechas a monsieur Couré: no había estudiado nada, ni siquiera había sacado la matrícula. Y ello a pesar de que el ambiente de la Sorbona le atraía y que en ella habría encontrado toda clase de facilidades. En todo el invierno, que ya tocaba a su fin, no había abierto un libro ni leído un periódico. Vivía completamente al margen de los acontecimientos. De lo que ocurriese en Irlanda, en España, en Francia, en el Japón… no sabía nada. Se había limitado a presidir tertulias, a pasear y a soñar. Las tertulias le habían agotado, los sueños también; en cambio había sacado fruto de los paseos, pues estos le habían proporcionado un conocimiento del París urbano nada superficial. Había conseguido clasificar mentalmente los barrios con bastante precisión, dándose cuenta de que desde que los recorrió por primera vez en compañía de Ernesto él había evolucionado. Los barrios de «población doliente», como entonces los denominaron los dos muchachos, se habían distanciado de su espíritu. "



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