Afrodita (fragmento)Pierre Louys

Afrodita (fragmento)

"Desde el primer instante comprendió él que volvería a caer a los pies de la cortesana. Cuando ésta se quitó del cinturón el espejo de pulido bronce, se miró un momento en él antes de entregarlo al sacerdote y le brillaron los ojos de un modo estupendo. Cuando, para tomar la peineta de cobre, posó la mano sobre sus cabellos con el brazo doblado, según la actitud de las Gracias, toda la hermosa línea de su cuerpo se desarrolló bajo la tela, y el sol abrillantó en su axila un rocío de sudor luminoso y menudo. Por último, cuando, para levantar y soltarse el collar de pesadas esmeraldas, separó la seda plegada que le cubría el pecho hasta el dulce lugar lleno de sombra, en donde sólo es posible deslizar un ramillete, se sintió Demetrios presa de un loco frenesí por apoyar allí los labios y desgarrar el vestido… Pero Khrysís había comenzado a hablar.
Habló, y cada una de sus palabras fue un sufrimiento para él. De propósito parecía insistir y recrearse en la prostitución de este vaso de belleza que era ella misma, blanco cual la misma estatua y lleno de un oro que manaba en cabellera. Se jactaba de tener abierta la puerta de la ociosidad de los que pasaban, de abandonar la contemplación de su cuerpo a los indignos y encomendar a las chiquillas inhábiles el encenderle las mejillas. Se gloriaba de la venal fatiga de sus ojos, de sus labios alquilados de noche, de sus cabellos entregados a manos brutales, de su divinidad trabajada.
El exceso mismo de las facilidades que inducían a abordarla arrastraba hacia ella a Demetrios, resuelto a tomarla para sí solo y cerrar la puerta a los otros. Tan cierto es que una mujer no logra seducir plenamente sino cuando da ocasión a los celos. "



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