La esposa joven (fragmento)Alessandro Baricco

La esposa joven (fragmento)

"Así que el Padre se quedó en silencio, tocado por la proximidad de ese hombre. Por su inteligencia, por su control. Estaba, precisamente esa tarde, midiendo su propia soledad y, al mirar a Modesto, se dio cuenta de que veía en él al único personaje, digno, que habitaba en esas horas el abierto paisaje de su desconcierto. Y, en efecto, en momentos como ésos suele ocurrir que, cuando estamos llamados a conllevar penas secretas, o no fácilmente formulables, sean personajes secundarios, de programática modestia, los que rompan de vez en cuando el aislamiento al que nos vemos constreñidos, con el resultado de vernos, como me sucedió a mí hace sólo unos días, concediendo a desconocidos la entrada ilógica en nuestro laberinto, con la ilusión infantil de poder obtener así una sugerencia, o un provecho, o simplemente un alivio pasajero. En mi caso, me avergüenza decirlo, se trataba del empleado de un supermercado que estaba colocando con meticulosa vigilancia unos congelados en el cajón correspondiente –aunque no sabría cómo llamarlo con exactitud– y lo hacía con las manos enrojecidas por el hielo. No sé, pensé que hacía algo semejante a lo que debería hacer yo, con respecto al cajón de mi alma, aunque no sabría cómo llamarlo con exactitud. Acabé diciéndoselo. Me satisfizo ver que no dejaba de trabajar mientras me decía que no estaba seguro de haberme entendido bien. Así que se lo expliqué mejor. Mi vida se ha roto en pedazos, dije, y no soy capaz de recolocar las piezas en su sitio. Tengo las manos cada vez más heladas, hace ya algún tiempo que no siento nada, le dije. Pensaría que estaba tratando con un loco y, de hecho, ésa fue la primera vez que pensé que incluso podía volverme loco; una ocurrencia que el Doctor, tontamente, optaba por descartar, antes de que la emprendiera a relojazos contra él. El secreto es hacerlo todos los días, me dijo entonces el empleado del supermercado. Uno hace las cosas todos los días, así se convierten en algo fácil. Yo lo hago todos los días, de manera que ni siquiera me doy cuenta. ¿Hay algo que haga usted todos los días?, me preguntó. Escribo, le dije. Qué bonito. ¿Qué escribe? Libros, dije. ¿Libros sobre qué? Novelas, dije. No tengo tiempo de leer, dijo él; es lo que siempre dicen. Claro, lo entiendo, le dije, no es grave. Tengo tres hijos, dijo; tal vez se trataba de una justificación, pero en cambio lo tomé como el inicio de una conversación, como un permiso para intercambiar algo, y entonces le expliqué que, por muy curioso que pudiera parecer, yo podía colocar las piezas de un libro unas sobre otras sin mirarlas siquiera: me bastaba con tocarlas con la punta de los dedos, por decirlo de algún modo, mientras que la misma operación me resulta prohibitiva cuando me aplico a los pedazos de mi vida, con los que soy incapaz de construir nada que tenga una forma sensata, o incluso sólo educada, ya que no agradable, y esto a pesar del hecho de que se trata de un gesto al que me dedico prácticamente cada día, y desde hace tantos días que, ¿sabe?, le dije, tengo las manos heladas, ya no siento nada. "


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