La bailarina (fragmento)Mori Ogai

La bailarina (fragmento)

"Que Elise hubiera escapado a ese nefando destino era debido en parte a su naturaleza modesta, pues se conformaba con poco, y en parte a la cuidadosa atención que siempre le dispensó su padre. Siendo una niña se aficionó a la lectura, aunque lo único que sostenían sus manos eran pobres novelas tomadas en préstamo en bibliotecas ambulantes conocidas por el nombre de colportage. Fue después de conocerme, cuando empezó a leer los libros que yo le prestaba y, poco a poco, su gusto literario mejoró sustancialmente. Incluso llegó a perder su acento. Muy pronto, las faltas de ortografía que se acumulaban en las cartas que me escribía, se fueron reduciendo hasta casi desaparecer por completo y, así, nació entre nosotros una suerte de relación maestro-alumna. Cuando tuvo conocimiento de mi inoportuno despido, se puso pálida. Traté de disimular lo unido que me sentía a ella. Ella, por su parte, me pidió que no se lo contara a su madre. Temía que si ella se enteraba de que había perdido la asignación económica que me proporcionaban para mis estudios, no querría tener nada más que ver conmigo.
No hay necesidad de describirlo aquí con detalle, pero fue en esa época cuando mis sentimientos hacia Elise se transformaron en amor y la unión entre nosotros se hizo más profunda. Tenía ante mí la decisión más importante de mi vida. Esta desencadenó en mí una verdadera crisis. Es probable que haya quien no entienda mis dudas y me critique por ello, pero desde el día de nuestro primer encuentro mi afecto por Elise no había dejado de aumentar, y ahora sentía que, de algún modo, podía ser correspondido, pues leía en su expresión una sincera compasión hacia mi desgracia, además de una profunda tristeza ante la perspectiva de que pudiera partir, por lo que me costaba mucho más tomar una determinación. La forma en la que ella permanecía frente a mí, como la auténtica personificación de la belleza, con su cabello lacio, me hacía sentir consternado e impotente ante su hechizo.
El día concertado para mi encuentro con el responsable de la delegación se aproximaba. El destino me amenazaba. Si regresaba a casa en semejantes condiciones, habría fracasado en mi misión y tendría que cargar con la desgracia de llevar un nombre desprestigiado. Nunca sería capaz de reponerme. En el caso de que tomara la decisión de quedarme, no veía la forma de encontrar los fondos necesarios para financiar mis estudios y los gastos derivados de mi estancia.
En ese momento crítico, mi amigo Kenkichi Aizawa, que me acompaña ahora en mi viaje de regreso a casa, acudió en mi ayuda. Era secretario privado del conde Amakata en Tokio y había leído el informe de mi destitución en la Gaceta Oficial. Convenció al editor de cierto periódico de que me nombrase su corresponsal en el extranjero. De esa manera podría costear mi estancia en Berlín, enviando artículos sobre distintos temas relacionados con la capital alemana, ya fueran de política o artes. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com