El mecanógrafo (fragmento)Javier García Sánchez

El mecanógrafo (fragmento)

"Primero fue el fuego. Luego el hierro. Más tarde la pólvora. Posteriormente el átomo. Y ahora: esa agradable y tranquilizadora perspectiva de la Guerra de las Galaxias. Un juego de niños que puede acabar con todos en apenas unos instantes, sin dar tiempo siquiera a que los creyentes se confiesen y los no creyentes maldigamos. Un juego que puede acabar con todo y con todos si falla un solo mecanismo en el complejísimo sistema de software conectado a un ordenador central del que, en última instancia, depende todo el despliegue de defensa estratégica. El viejo sueño del hombre siempre ha sido aplastar a su vecino sin misericordia. Es por ello por lo que se sabe un ente atormentado en medio de la pureza ingenua de la naturaleza. A menudo recuerdo un personaje del que me hablaba mi abuelo Joseph, Mitrídates VI, un clásico ejemplo de la condición humana. Intrigó pertinazmente contra su padre, encarceló a su madre y asesinó a su hermano con la finalidad de llegar, en el año 111 antes de Cristo, a proclamarse rey del Ponto. Esa tierra estaba situada en lo que hoy es la costa turca del mar Negro, y que por entonces abarcaba la península de Crimea y varias islas del mar Egeo. Lacayo de los romanos o de quien hiciese falta. Un típico animal político de nuestros días, pero a lo bestia y a la antigua. Mitrídates, evidentemente, vivió aterrorizado por temor a que alguno de sus fieles súbditos lo asesinara, cosa que también podían intentar hacer los romanos, pues medrando aquí y allá, él mismo les había arrebatado algunas partes de Grecia y Asia Menor. El caso es que Mitrídates vivió obsesionado con la idea de que iban a envenenarlo. Sobre todo, como es lógico, recelaba de sus más directos colaboradores. En previsión de uno de estos sutiles atentados, tan en boga en aquella época, se hacía suministrar por sus médicos dosis homeopáticas de cuantos brebajes mortales se conocían. Al parecer, la labor de esos médicos llegó a tal grado de eficacia que Mitrídates era por completo inmune a venenos que, con tomar un solo sorbo, habrían fulminado a cualquier ciudadano, y se cuenta que también a un caballo. Naturalmente, les hacía tomar a los médicos parte de esas dosis. Él mismo, además, era fuerte como un roble. Puedo imaginármelo hoy, neurótico en fase terminal, perdido entre tanta contaminación y tanta química. Acabaría en un manicomio. Una buena parte de su reinado se la pasó examinando comidas y bebidas. Cierta noche uno de sus soldados le clavó un puñal en el corazón. Así de sencillo. Ahí reside la paradoja que tanto pareció fascinar a mi abuelo. Creo que sólo con el tiempo he llegado a entender lo que pretendía explicarme.
Ventajas de releer sobre la marcha. Antes de seguir, una aclaración: un poco más arriba he mentido. Al escribir que me imaginaba llena de plantas y flores esa sala en la que trabajaría la élite de la tecnología punta, debí haber añadido «plantas y flores artificiales».
A Overath parece sobrevenirle una especie de éxtasis cuando habla sobre el universo. Pero cuando lo hace sobre las posibles aplicaciones de las altas tecnologías a la investigación del universo, entonces entra ya en la fase del nirvana absoluto. Bueno, de momento yo, pistola al cinto vigilo quesitos en la fábrica. Overath los almacena. "



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