Los cien días (fragmento)Joseph Roth

Los cien días (fragmento)

"Se arrellanó en la estrecha butaca de terciopelo rojo, y se arrastró con ella un poco en la pieza, dándose cuenta de que le resultaba difícil libertar su enorme cuerpo de la tenaza de los dos brazos. La situación le resultaba molesta y embarazosa, pues tenía que decir algo muy importante. Se encolerizó y su rostro adquirió un color violáceo, que complementaba los brillantes colores de su uniforme.
Durante un buen rato estuvo reflexionando acerca de las palabras adecuadas. Se acordó de las cumplidas cartas, llenas de amenazas que le había escrito Verónica Casimir y pensó que, a causa de aquella mísera cosita que reposaba entre los almohadones, se veía obligado a casarse con una muchacha pelirroja y llena de pecas. Por un momento, una débil comprensión acerca del destino, el pecado y la penitencia iluminó su cerebro pesado y confuso.
Pero ese débil llamado de su corazón, únicamente logró aumentar su ira. En aquel momento deseaba hasta creer en Dios, solamente para indignarse contra él y tener algún ser en quien poder descargar toda su rabia. Pero no creía en Dios y su ira se estrellaba sobre los seres que estaban al alcance de sus ojos.
Pensó con amargura en las muchas mujeres que había poseído con fugaz pasión de dragón y pensó que, en cuanto a hermosura, Angelina no podía ser comparada con ninguna de ellas. El sargento Sosthéne se sentía cada ver más rabioso y amargado. Solamente uno de los sargentos de su regimiento era casado, un cierto Renard, pero tenía más de cincuenta años y su estúpida acción se remontaba a épocas ya muy lejanas, tan lejanas que no se la podía tildar de ridícula. Pero él, el sargento Levadour aún podía hacer mucha carrera y alcanzar el grado de coronel. Un hombre como él, debía tener dinero suficiente para vivir y para invitar a todos sus amigos. Además había conocido en Bohemia a una excelente molinera, atractiva y retraída, perseguida ardientemente por todos y que era sumisa a su amor como un perro, a pesar de ser ardiente como una batalla. ¡Qué mujer! La comparó con Angelina que estaba sentada frente a él sobre la cama con el niño al lado, con los ojos bajos y con su pequeño y escuálido rostro, en el que las pecas eran aún más visibles que durante el verano. ¡Qué desgracia! ¡Qué enorme desgracia ha caído sobre ti, gran Sosthéne! "



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