Nieve en otoño (fragmento)Irene Nemirovsky

Nieve en otoño (fragmento)

"Fue la última vez que pronunció el nombre de Yuri. Sus viejos labios parecían haberse cerrado para él de manera definitiva. Cuando los demás lo mencionaban, no respondía; muda y hierática, miraba el vacío con una especie de glacial desesperación.
El invierno fue extremadamente duro. Apenas tenían comida y ropa. Lo único que de vez en cuando les permitía conseguir algo de dinero eran las joyas llevadas por Tatiana Ivanovna. Odesa ardía; la nieve caía lentamente e iba cubriendo las calcinadas vigas de las casas destruidas, los cadáveres de la gente y los caballos despedazados. En otros momentos, la ciudad cambiaba; llegaban partidas de carne, fruta, caviar… sólo Dios sabía cómo. Cesaban los cañonazos y la vida, precaria y embriagadora, recuperaba el pulso. Embriagadora… eso únicamente lo sentían Kiril y Lulú. El recuerdo de ciertas noches, de paseos en barca con amigos de su edad, el sabor de los besos, el olor de la brisa que al amanecer alborotaba las olas del Mar Negro, jamás se borrarían de su memoria.
Pasó el largo invierno, y el verano, y el siguiente invierno, durante el que la hambruna fue tal que enterraban a los recién nacidos a montones, en sacos viejos. Los Karin sobrevivieron. En mayo consiguieron sacar pasaje en el último barco francés que abandonaba Odesa, llegar a Constantinopla y luego a Marsella.
El 28 de mayo de 1920 pusieron pie en el puerto marsellés. En Constantinopla habían vendido las últimas joyas, y todavía les quedaba algo de dinero, que por una vieja costumbre llevaban cosido a los cinturones. Iban vestidos con andrajos y tenían un aspecto extraño, mísero, hosco, atemorizador. Con todo, los niños parecían alegres; reían con una especie de sombría ligereza que hacía que los adultos acusaran aún más su propio cansancio.
Un olor a flores y pimienta colmaba el límpido aire de mayo. La gente caminaba sin prisas, se paraba en los escaparates, reía y alzaba la voz; las luces, la música de los cafés, todo se les antojaba un extraño sueño.
Mientras Nikolái Alexándrovich reservaba las habitaciones en el hotel, los niños y Tatiana Ivanovna se quedaron unos instantes en la calle. Con el pálido rostro levantado y los ojos cerrados, Lulú aspiraba el aire perfumado del atardecer. Las grandes farolas eléctricas conferían a la calle una luz difusa y azulada. Las mimosas agitaban sus delgadas ramas. Pasaron unos marineros, que miraron riendo a la joven inmóvil. Uno de ellos le lanzó una ramita florecida. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com