La mujer sin sombra (fragmento)Hugo Von Hofmannsthal

La mujer sin sombra (fragmento)

"La alfombra yacía a sus pies; sólo veía una parte y sólo el revés, pero nunca había tenido delante de sus ojos un tejido como ese, en el que se encadenaban entre sí la media luna, las estrellas, los zarcillos y las flores, los hombres y los animales. No podía separar de ella su mirada. Con esfuerzo recordó los deberes de la cortesía y transcurrió un momento antes de que le dirigiera algunas palabras a la joven desconocida. «Estáis probablemente de viaje», dijo con gran condescendencia y eliminando de su voz todo tono imperioso. «Pienso que vuestras tiendas y vuestro séquito se encuentran en las proximidades y vosotros habéis elegido esta vieja cripta por su frescura. No quiero creer que viváis en esta montaña». Los niños estaban pendientes de su boca con la mayor atención. Al oír las últimas palabras, que involuntariamente salieron de sus labios con más severidad, la risa se contrajo sobre sus rostros. Se veía que los tres muchachos tenían que hacer esfuerzos para no echar a reír. La muchacha se compuso de nuevo inmediatamente, sus rasgos adoptaron de nuevo la expresión de gran atención, casi de severidad. «¿O está cerca la casa de vuestro padre?», preguntó nuevamente el emperador; nada delataba que hubiera advertido su comportamiento impertinente. Los tres muchachos tuvieron que luchar aún más con la risa y el que ponía la mesa se agachó presuroso y se puso a hacer algo sobre ella para ocultar su rostro. «Hermosos, ¿quién es vuestro padre?», preguntó por tercera vez el emperador con inalterable serenidad; sólo quien lo conociera bien hubiera reconocido su impaciencia en un pequeño temblor de su voz. La hermosa muchacha fue la primera en dominarse. «Perdónanos, ilustre señor», le dijo, «y no te enojes con mis jóvenes hermanos, no tienen ninguna experiencia en el arte de la conversación cortés. Sin embargo, tenemos que pedirte que te contentes por un momento con la poca conversación que te podemos ofrecer, pues parece que nuestro hermano mayor aún no ha reunido todas las comidas y aderezos que encuentra digno presentarte». Su gesto lo invitaba a acercarse a la mesa y sentía que estaba casi abatido de hambre, pero la actitud de los niños y la inconcebible gracia de todas sus posiciones, incluso las de los maleducados, lo fascinaba de tal manera que no podía dirigir ningún pensamiento a otra cosa. La muchacha se había arrodillado junto al extremo superior de la mesa, extendía la alfombra y lo invitaba a sentarse sobre ella. El tejido estaba bajo sus pies, las flores se transformaban en animales, de las hermosas zarcillas se desprendían cazadores y amantes, halcones flotaban sobre ellos como flores voladoras, todo estaba enlazado entre sí, una cosa se enredaba en la otra, el conjunto era de un inmenso esplendor, y de él se elevaba sin embargo una frescura que le llegaba hasta las caderas. «¿Cómo has hecho para crearlo con una perfección tal?». Se dirigió a la muchacha, que por humildad se había retirado unos pasos. La muchacha bajó inmediatamente los ojos pero contestó sin titubear. «Cuando tejo, selecciono todo lo que es hermoso; aquello que es un señuelo para los sentidos y los conduce a la necedad y la ruina, lo dejo de lado». «¿De qué modo lo haces?», preguntó, mientras sentía que le costaba trabajo permanecer concentrado. Pues todo objeto que tocaba su ojo penetraba en él con una claridad extraordinaria: muchas cosas vio en la sala, y en cada momento creía ver más. «¿De qué modo lo haces?», preguntó nuevamente. La joven siguió su mirada con fascinación. "


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