La serpiente (fragmento)Mircea Eliade

La serpiente (fragmento)

"La cena tocaba a su fin. La medianoche estaba próxima y los jóvenes se mostraban impacientes: querían levantarse ya y pasar a una pieza vecina. Allá podrían hablar con más libertad, imaginar otros juegos y quizás, también bailar.
La señora Solomon recordó que había tomado el gramófono de Vladimir. Poniendo un pañuelo en el amplificador, no se le escucharía desde afuera. Además, agregó, a esa hora todos los monjes estarían durmiendo.
La cena pareció frugal sólo en apariencia: pocos platos, servilletas de papel y vasos desparejos. Pero la señora Solomon y la señora Zamfiresco habían cubierto la mesa de carnes frías, de fiambres, sardinas, quesos y frutas. Eligieron expresamente esa habitación como sala comedor, dejando las otras, más vastas y limpias, para organizar los juegos y bailar. Todos sabían que ese buffet froid, como decía la señora Zamfiresco, no duraría mucho y nadie tenía intenciones de dispersar vasos y platos en las otras piezas. Dos de ellas se habían reservado para ser dormitorio de las damas, que habían dejado allí sus bártulos de viaje, sus vestimentas y paquetes. Los lechos estaban uno al lado del otro por razones de comodidad. La señora Solomon anunció que se quedaría aunque había sentido ya la presencia de los mosquitos.
Vladimir fue el primero en levantarse. Había bebido bastante y se sentía lleno de coraje y de un entusiasmo irresistible. En la mesa, estuvo sentado entre la señora Solomon y la señora Zamfiresco, que se lo habían disputado. Cada una quiso decirle un secreto al oído, aproximando muy cerca el pecho a su hombro. Además, la cena había sido sumamente alegre. El vino conventual acaloró a todo el mundo, aun a los miembros del grupo Zamfiresco, que no eran, realmente, de gran amistad.
—Vayamos a ver si la luna está alta —propuso Vladimir, tomando por el brazo a la señora Zamfiresco.
—¿Y si hiciéramos un paseo en barca? —propuso alguien.
La algarabía de las sillas que se retiraban, los agradecimientos a la anfitriona, las risas y las palabras mezcladas ahogaron la respuesta. Se dirigieron en conjunto hacia la gran sala del medio. El señor Solomon se había impuesto el deber de contar a los que tomarían otro café cuando vio a Andronic pálido, los ojos fijos en la puerta. Desde que se levantó de la mesa, no había dicho una sola palabra. Parecía preocupado, nervioso, observando ansioso todos los rincones. "



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