Un niño prodigio (fragmento)Irene Nemirovsky

Un niño prodigio (fragmento)

"La princesa esperaba ser recibida como si fuera un hada madrina. Pero, con gran extrañeza por su parte, tropezó con una resistencia inimaginada. Ella era, sin duda, una de esas criaturas altivas que fuerzan al mismísimo destino a plegarse a sus caprichos como quien doblega el cuello de un caballo rebelde, pero nunca hasta entonces había tenido que vérselas con un viejo judío de la plaza del Mercado. Para cuando salió del tenducho de los Baruch, después de una hora de regateos, había prometido toda una pequeña fortuna a cambio del derecho a encargarse de la educación y de la instrucción de Ismael. Hasta que todo quedó acordado e incluso firmado sobre un espeso papel grasiento, no se dio cuenta de que la habían embaucado. Pero era demasiado tarde para volverse atrás. Además, consideraba que aquel extraordinario niño poeta, de pelambrera ensortijada que casi tapaba sus ojos de fuego, valía todo lo que le estaban haciendo pagar por él y más aún.
Con verdadero placer, se puso a preparar la habitación de la que Ismael tomaría posesión al día siguiente
La princesa vivía en un antiguo palacete, al fondo de un jardín poblado de estatuas. De trecho en trecho, entre los negros árboles, se alzaba, sonriente, una forma marmórea de ojos vacíos; y la nieve subrayaba con un ribete blanco, como un plumón, las líneas puras de sus bellos miembros desnudos.
Al día siguiente, Ismael paseó, serio y silencioso, por el parque y las habitaciones del palacete, adornadas con tapices y espejos pintados a la italiana, pájaros y flores. La princesa, maravillada, comprobó que se encontraba francamente cómodo entre todos aquellos objetos, a pesar de que eran más extraordinarios para él que si fueran visiones del Paraíso. Y cuando estuvo bañado, peinado y vestido como un joven señor, con un traje de terciopelo y un gran cuello de encaje terminado en puntas, pareció de pronto un retrato de Van Dyck, un encantador príncipe niño de largos bucles. Se acostumbró en seguida a su nueva vida, a la que aportaba la curiosa y preciosa facultad de asimilación propia de su edad y de su raza, así como una singular atracción por todo lo que era bello, poco común, de líneas nobles y de colores armoniosos. Un instinto especial parecía asesorarle sobre qué debía decir y qué debía hacer, cuáles eran las palabras aprendidas en el barrio judío que no debía repetir o, por el contrario, qué gestos de la princesa, en la mesa o en otras circunstancias de la vida, le convenía imitar. Era algo que le resultaba fácil porque poseía ese don inestimable de la naturalidad que, por lo general, les es concedido a los niños muy pequeños. "



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