Lluvia de hielo (fragmento)Peter Stamm

Lluvia de hielo (fragmento)

"Siempre que pienso en María me acuerdo de una velada en que ella cocinó para nosotros. Estábamos ya sentados a la mesa del jardín cuando María apareció en el umbral de la puerta con una fuente llana en la mano. Tenía la cara al rojo vivo por el calor de la cocina, y estaba radiante y orgullosa de su obra culinaria. En ese breve instante sentí una pena infinita por ella y, con ella, por el mundo entero y por mí mismo, al tiempo que la amé como nunca antes la había amado. Pero guardé silencio, y María puso la comida sobre la mesa y cenamos.
Éramos cuatro, Stefan, Anita, María y yo, los que habíamos ido a Italia. Había sido idea de María visitar el pueblo de su abuelo. Éste había emigrado de joven a Suiza, hacía muchos años, y el propio padre de María ya sólo conocía su país de origen de las vacaciones que había pasado allí.
Nos alojamos en una pequeña casa de verano, un tanto desvencijada, en medio de una pineda junto al mar. En el bosque se veían casas diseminadas por doquier, la mayoría de ellas más grandes y más bonitas que la nuestra. No muy lejos de la urbanización había un paseo marítimo con restaurantes, hoteles y tiendas. La parte vieja del pueblo se hallaba un poco más tierra adentro, al pie de las colinas.
Pero como no teníamos coche nos quedamos casi siempre en nuestra casa de la parte nueva. Sólo en una ocasión tomamos un taxi después de desayunar y nos fuimos al pueblo viejo.
En las calles no se veía un alma. De vez en cuando pasaba un automóvil. Desde una ventana abierta oímos ruidos de cocina, y más tarde vimos a dos mujeres vestidas de luto. María iba a preguntarles por su abuelo, pero cuando nos acercamos desaparecieron por un portal. Encontramos un pequeño bar que estaba abierto. Nos sentamos a una mesa y tomamos algo. María preguntó al dueño si en el pueblo vivía una familia con su mismo apellido. El dueño se encogió de hombros y dijo que él era del Norte, y que sólo conocía a las personas que frecuentaban su local. Y aun de éstas, en muchos casos, sólo sabía el nombre de pila o el apodo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com