La rebelión (fragmento)Joseph Roth

La rebelión (fragmento)

"La noche era clara y silenciosa. Ladraban los perros. Se oían puertas a lo lejos. La nieve crujía, aunque no la pisaba nadie, sólo porque el viento la rozaba. Fuera, el mundo parecía ensancharse. A través de la grieta se veía un angosto pedacito de cielo. Pero no daba una idea clara de su infinitud.
¿Vivía Dios detrás de las estrellas? ¿Veía la aflicción de un ser humano y no se conmovía? ¿Qué ocurría tras el gélido azul? ¿Reinaba un tirano sobre el mundo, y su injusticia era tan insondable como su cielo?
¿Por qué nos castiga con súbita inclemencia? Nada malo hemos hecho y no hemos pecado ni con el pensamiento. Al contrario: siempre fuimos piadosos y nos confiamos a Él, a quien no conocíamos, y si nuestros labios no le ensalzaban todos los días, vivíamos no obstante satisfechos y sin albergar en nuestro pecho ninguna rebeldía nefanda, como humildes miembros del orden universal que Él ha creado. ¿Le dimos motivos para vengarse de nosotros? ¿Para cambiar el mundo de forma que todo lo que en él nos parecía bueno se volviese malo de repente? ¿Quizá supiera que había en nosotros una hora oculta, de la que no éramos conscientes ni siquiera nosotros mismos?
Y con la premura de un hombre que busca en sus bolsillos un reloj perdido, Andreas empezó a registrar su pobre alma en busca de pecados ocultos. Pero no halló ninguno. ¿Era tal vez un pecado haber tomado a la viuda Blumich, y ahora se vengaba su marido difunto? ¡Ah! ¿Vivían los muertos? ¿Había pecado acaso contra Muli, el asno? ¿Fue una injusticia darle un ligero golpe para que continuase caminando, aquella vez que el animal se detuvo de pronto para buscar algo impreciso en el suelo? ¿Había sido realmente un golpe ligero? ¿No fue más bien un golpe fuerte, doloroso y despiadado? «¡Muli, asno mío!», susurró Andreas, y puso la mejilla en el lugar donde había golpeado.
Cuando se avecinaba la mañana, Andreas se durmió. Con su primer sueño se mezclaron ya los primeros ruidos callejeros. El animal permaneció inmóvil. Dejaba oír un leve gruñido y humedecía la paja, que se helaba inmediatamente. Su orina despedía un olor acre y sofocante.
Al día siguiente, Andreas entró en el aposento sin saludar. Él mismo sacó pan y margarina del armario. La pequeña Anna volvía ya de la escuela. Se pegó a él, como si quisiera desenojarle. "



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