Jazz (fragmento)Toni Morrison

Jazz (fragmento)

"Veintiún días después se había vuelto a marchar, y Violet ya estaba casada con Joe y vivía en la ciudad cuando se enteró por su hermana de que lo había hecho de nuevo: llegó a Rome con tesoros abultándole los bolsillos y plegados bajo el sombrero que le cubría la cabeza. Sus regresos eran tan temerarios como secretos, pues había estado involucrado, y mucho, con el Readjuster Party, y si el apremio verbal de los terratenientes no dio resultado, si lo dio la prepotencia física, que le persuadió de que debla trasladarse a algún lugar, cualquier lugar siempre que fuera lejos. Quizá planeaba encontrar una manera de sacarlas a todas de allí; mientras tanto, fue protagonizando regresos maravillosos y fabulosamente arriesgados a lo largo de los años, si bien los intervalos se prolongaron más y más, y aunque disminuyera la posibilidad de que continuara vivo, no menguaba nunca la esperanza. En el momento menos pensado, otro inseguro y frío lunes o en el estallido de calor de una noche de domingo, él podía reaparecer, lanzando desde la carretera el silbido de la lechuza como señal, con los billetes burlones y osados asomando por su sombrero, apretujados en las vueltas del pantalón y en la caña de las botas. Las golosinas se amasaban en los bolsillos de su chaqueta junto a una lata de Frieda’s Egyptian Hair Pomade. Botellas de licor de centeno, aguas purgantes y lociones para cualquier acicalamiento concebible tintineaban en su gastado morral de viaje.
Ahora tendría ya unos setenta años. Se movería más despacio, sin duda, y quizás habría perdido los dientes que componían aquella sonrisa que hacía que las hermanas le perdonaran. Pero para Violet (al igual que para sus hermanas y para quienes se habían quedado en el campo) él estaba allá fuera, en alguna parte, reuniendo y seleccionando golosinas para distribuirlas entre la gente de casa. Porque quién iba a sujetar a aquel personaje desafiante que renacía cada día y repartía regalos y contaba historias que las hechizaban hasta hacerles olvidar por un tiempo la despensa vacía y la tierra exhausta, o hasta hacerles creer que la pierna de una niña se curaría por si sola con el tiempo… Olvidar, ante todo, por qué huyó y se vea obligado a entrar a hurtadillas en su propia casa. En su compañía, el olvido descendía del aire como el polen. Pero para Violet el polen nunca borró a Rose. En medio de la gozosa resurrección de aquel padre fantasma entregado al placer de distribuir sus dádivas, tanto las genuinas como las falsas, Violet jamás olvidó a Rose Dear ni el lugar al que se había arrojado; un lugar tan angosto, tan oscuro que fue puro alivio, un respiro sosegante verla encerrada en una caja de madera. "



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