La posibilidad de una isla (fragmento)Michel Houellebecq

La posibilidad de una isla (fragmento)

"La ventaja de pronunciar un discurso moral es que ese tipo de frases han estado sometidas, desde hace tantos años, a una censura tan fuerte, que provocan un efecto de incongruencia y atraen de inmediato la atención del interlocutor; el inconveniente es que éste nunca llega a tomarte del todo en serio. La expresión seria y atenta de Esther me desarmó un momento, pero pedí otro tequila y continué, dándome cuenta de que me estaba excitando de modo artificial, que hasta mi sinceridad tenía algo de falso: además del hecho patente de que Larry Clark sólo era un pequeño comerciante sin envergadura y que citarlo en la misma frase que a Nietzsche ya era en sí un poco ridículo, en el fondo aquellos temas me importaban tanto como el hambre en el mundo, los derechos humanos o cualquier otra gilipollez por el estilo. Y sin embargo seguí adelante, con creciente acrimonia, empujado por esa extraña mezcla de maldad y masoquismo que esperaba, quizás, fuera mi perdición tras haberme llevado a la fama y la fortuna. No sólo los viejos ya no tenían derecho a follar, dije con ferocidad, sino que ya no tenían derecho a rebelarse contra un mundo que no obstante los aplastaba sin comedimiento, convirtiéndolos en presa indefensa de la violencia de los delincuentes juveniles antes de aparcarlos en morideros asquerosos donde unos auxiliares de enfermería descerebrados los maltrataban y los humillaban, y a pesar de todo eso les estaba prohibido rebelarse, la rebelión, como la sexualidad, como el placer, como el amor, parecía reservada a los jóvenes y no tener la menor justificación para nadie más, cualquier causa incapaz de despertar el interés de los jóvenes se descalificaba de antemano, en resumen, a los viejos los trataban en todos los aspectos como a puros desechos a los que ya sólo se les concedía una supervivencia miserable, condicional y cada vez más estrechamente limitada. Por el contrario, en mi guión El déficit de la Seguridad Social que no había tenido salida —y que además era el único de mis proyectos que no había tenido salida, y eso me parecía altamente significativo, continué casi fuera de mí—, incitaba a los viejos a rebelarse contra los jóvenes, a utilizarlos y a hacerlos pasar por el aro. Por ejemplo, ¿por qué no obligar a los adolescentes, chicos y chicas, consumidores voraces y aborregados, siempre lampando por dinero de bolsillo, a ejercer la prostitución, único medio a su alcance para corresponder, en una débil medida, a los inmensos esfuerzos y fatigas consentidos en pro de su bienestar? ¿Y por qué mantener ese absurdo y humillante tabú del incesto en una época que había perfeccionado la anticoncepción y tenía perfectamente delimitado el riesgo de degeneración genética? ¡Ahí tenía verdaderas preguntas, auténticos problemas morales!, exclamé con vehemencia; ¡eso ya no era Larry Clark!
Si yo fui cáustico, ella fue dulce; y si yo tomé partido de todas por los viejos, ella lo tomó, en la misma medida, por los jóvenes. Siguió una larga conversación, cada vez más emocionada y tierna, primero en aquel bar, después en el restaurante, luego en otro bar, luego en la habitación del hotel; incluso nos olvidamos, por una noche, de hacer el amor. Era nuestra primera conversación de verdad, y además era, creo, la primera conversación de verdad que había tenido con quien fuera desde hacía años, porque la última se remontaba, probablemente, al principio de mi relación con Isabelle; quizás nunca había tenido conversaciones de verdad con nadie que no fuera una mujer amada, y en el fondo me parecía normal que el intercambio de ideas con alguien que no conoce tu cuerpo, que no está en posición de hacerlo sufrir o de llenarlo de alegría, sea un ejercicio falso y a fin de cuentas imposible, porque somos cuerpos, somos sobre todo, principal y casi únicamente, cuerpos, y el estado de nuestros cuerpos es la verdadera explicación de la mayoría de nuestras concepciones intelectuales y morales. "



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