Que el vasto mundo siga girando (fragmento)Colum McCann

Que el vasto mundo siga girando (fragmento)

"Lo que más le gustaba era correr por la cuerda floja sin vara de equilibrio, pues en ese momento conseguía la fluidez corporal más pura de la que era capaz. Lo que comprendía, incluso cuando se adiestraba, era que no podía estar arriba y abajo al mismo tiempo. La imposibilidad del intento. Podía sujetarse con las manos o rodeando el cable con los pies, pero eso era un fracaso. No se cansaba de buscar nuevos ejercicios: la vuelta completa, de puntillas, la caída fingida, la voltereta lateral, hacer que un balón de fútbol le rebotara en la cabeza, caminar con los tobillos atados. Pero eran ejercicios, no movimientos que le sirvieran para caminar realmente por la cuerda floja.
Cierta vez, durante una tormenta, recorrió el cable como si fuese una tabla de surf. Aflojó los tensores para que el cable fuese más temerario que nunca. Las ondas que creaba la oscilación tenían un metro de altura y eran brutales, erráticas, iban de un lado a otro y de arriba abajo. El viento y la lluvia le rodeaban. La pértiga de equilibrio tocaba el extremo de la hierba, pero nunca el suelo. Se reía mientras el viento le azotaba la cara.
Sólo más tarde, cuando regresó a la cabaña, pensó que la pértiga había sido un pararrayos. Todo era apropiado para que la electricidad atmosférica fuese a su encuentro: un cable de acero, una vara de equilibrio, un amplio prado.
La cabaña de madera llevaba varios años deshabitada. Una sola habitación, tres ventanas y una puerta. Tuvo que destornillar los postigos para que entrara la luz. El viento húmedo también penetraba. Del techo pendía una cañería oxidada, y cierta vez se olvidó de que estaba allí y chocó con ella. Observaba las acrobacias de las moscas que rebotaban en las telarañas. Se sentía a sus anchas, incluso cuando las ratas arañaban las tablas del suelo. Decidió entrar y salir por la ventana en lugar de hacerlo por la puerta, un viejo hábito cuyo origen desconocía. Se ponía la pértiga sobre el hombro y caminaba por la hierba alta hacia el cable.
A veces, unos alces de las Montañas Rocosas se acercaban al borde del prado para pastar. Levantaban las cabezas, le miraban y desaparecían entre los árboles. El se había preguntado qué veían y cómo lo veían. La oscilación de su cuerpo. La vara sostenida en el aire. Se sintió encantado cuando los alces empezaron a quedarse. Grupos de dos o tres, manteniéndose cerca de los árboles, pero cada día atreviéndose a acercarse un poco más. Se preguntó si irían a restregarse contra los gigantescos palos que había insertado en el suelo o si los morderían y roerían, dejando el cable flojo.
Un invierno regresó sin la intención de entrenarse, sólo para relajarse y revisar sus planes. Se alojó en la cabaña de madera, en lo alto de la colina frente al prado. Extendió los planos y las fotografías de las torres en la mesa rústica, junto a la ventana que daba al vacío. "



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