Cuauhtémoc o el mártir de Izancanac (fragmento)Emilia Serrano

Cuauhtémoc o el mártir de Izancanac (fragmento)

"Xóchitl soportaba con entereza aquella larga y trabajosa peregrinación.
Cuando descansaban cuidaba con ternura y con esmero las heridas de Pedro de Alvarado, que por la falta absoluta de medicina y la continua agitación, no se habían cicatrizado bien y le hacían sufrir mucho.
En cuanto á Marina, era el ángel del ejército y la abnegación de la india rayaba en heroísmo.
María de Estrada seguía siendo soldado en las marchas y enfermera activa y bondadosa cuando el soldado descansaba.
Aquellas mujeres eran el consuelo del ejército.
Algunas veces habían tratado de la desaparición de Illancuitl, siendo indudable para ellos que había muerto en la desastrosa retirada que tiene su página en la historia y su nombre La Noche Triste.
Sin embargo no era así, como ya hemos visto.
Temerosa de caer en manos de los aztecas y pensando en que los españoles todos iban á ser asesinados, se puso en manos de un tlaxcalteca que huía, y al que en horas más felices conociera en el palacio de Maxixcatzin.
Su anhelo era volver á Tlaxcala, en donde sabía que estaba Xicotencatl.
Su corazón no podía olvidar al joven jefe; sólo por él abandonó su patria, y á ella volvía para encontrarlo.
Escondidos en una choza medio arruinada pasaron varios días, y al cabo de ellos siguieron caminando hasta llegar al teocalli, en donde pernoctaron los españoles.
Allí Illancuitl encontró a un soldado español moribundo.
Rezagado á causa de sus heridas, que le impedían hacer largas jornadas, había llegado con mucho trabajo, siguiendo las huellas de sus compañeros, pero cuando éstos acababan de marchar, le fue imposible seguirlos.
Illancuitl endulzó con sus cuidados la agonía del infeliz.
Por él supo que Velázquez de León había muerto en el foso, después de obstinada resistencia y de sangriento y largo combatir.
No pudo averiguar si Maxixcatzin había perecido también, pero, al decir del soldado, acompañaba á Cortés y éste con otros muchos iba, á no dudarlo, camino de Tlaxcala.
Murió el soldado y la joven con el tlaxcalteca emprendió la marcha, débil y enferma por carecer de alimentos y de reposo.
Habían llegado á una ciudad que con asombro encontraron desierta, pero en la cual resolvieron pasar la noche, ocupando una casucha abandonada. Illancuitl, rendida de cansancio, se quedó dormida.
Entre sueños le pareció escuchar tumultos y voces y extraños rumores.
Abrió los ojos y nada vio ni oyó. Reinaba profundo silencio. La oscuridad era densa y volvió á dormirse.
El sol clarísimo, alegre, ardoroso, inundaba la habitación cuando despertó. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com