Cinco sombras en torno a un costurero (fragmento)Eulalia Galvarriato

Cinco sombras en torno a un costurero (fragmento)

"A veces, es el sabor crujiente de una cereza, de una entre todas, que, de pronto, nos trae dulce y lejano, cerquísima, todo el ansioso bullir de nuestra infancia; otras, es el olor a hierba segada que nos llega en el aire en una clara noche. Y cerramos los ojos, porque con él nos llega —¿desde dónde, Dios mío?— todo el soñar de nuestra juventud.
La música, un trozo de música, una canción, evocan, más bien, el momento mismo en que la escuchamos por vez primera. Así, esa menuda piececita de Beethoven, ese trocito de melancolía que es su Para Elisa, me trae ante los ojos a Gabriela, tal como la vi aquella tarde: a Gabriela con las manos aún sobre el teclado, que vuelve la cabeza hacia mí y me sonríe; o más bien sonríe a mi angustiado «¡Gabriela!» que había sido en mis labios como una súplica y una interrogación. Aún sonaba el eco del último acorde, y ella me sonreía, detenida en la sonrisa, calmando con ella la absurda zozobra de mi corazón.
¿Absurda? Entonces, aquella noche al recordarlo a solas en mi cuarto, la califiqué así. Después, hoy, he sabido que no fue sino presentimiento.
Llegaba yo de la calle, y Gabriela tocaba. Tocaba suavemente, casi sin pedal, sin energía en sus manos pequeñas; tocaba, pues, con gran imperfección, pero con una acariciadora dulzura en su misma lentitud, en su igualdad, en su sencillez. Aquella tarde, lo que salía de sus manos era tan suavemente angustiado, tan como ella misma, que me acerqué a ver lo que tocaba. Era Para Elisa, de Beethoven. Y mientras escuchaba, me pareció descubrir el secreto de su punzante melancolía.
Sí, él sería ya viejo, estaría cansado y enfermo; estaría ya desencantado, y la vería a ella, a Elisa, casi una niña, delgada y rubia; estaría inclinada, y sus manos cortarían las flores, mientras el aire, que movería las ramas del cerezo, movería, también, las doradas guedejas. Y él, el hombre maduro, cansado y fuerte, sentiría temblarle el corazón, porque ella era también, como las flores en su mano, bella y tierna, y efímera. Y lloró. Lloró en estas notas su muerte no sabida, su muerte cierta.
Y ahora, Gabriela las hacía sonar, y eran las notas tan de su propia alma, que ella y Elisa, la niña ya lejana, se confundieron para mí, y fui yo quien temblé. La vi, ¿Cómo decirlo?, la vi sin asidero, como una de esas obsesionantes escalas de los sueños, que no llegan a nada; que se alzan, que se empinan sin llegar a nada; rotas, cortadas, en el aire. Y tuve miedo. Un miedo seguro, clarísimo, a su muerte. "



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