La ciudad del futuro (fragmento) Le Corbusier

La ciudad del futuro (fragmento)

"Todo consiste en eso: un teleférico, un doble cable de acero que, a través de kilómetros, suspendido a 10 metros por encima de las rocas y la vegetación, ejecuta su labor desde las 5 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Todo el valle ronronea suavemente. En la extremidad, al pie de un glaciar, una draga raspa en el aluvión y arranca los cantos rodados que servirán para el hormigón, después de haber pasado por las máquinas trituradoras, cintas transportadoras, las lavadoras, las separadoras y las cargadoras mecánicas de rendimiento continuo que expiden entre cielo y tierra, a lo largo del cable, este enorme tonelaje de grava reducido a un tamaño uniforme y a una calidad útil. Una tras otra, cada 50 metros, llegan las tolvas a la cima, a 100 metros por arriba de las obras de construcción de la represa, a la sección de las mezcladoras, y se descargan automáticamente. Procedente de la parte opuesta, del valle bajo, donde un funicular desciende desde 800 metros en otro valle, hacia esta estación a gran altura que un pequeño ferrocarril ágil y obstinado liga a través de cien pasajes escabrosos y vertiginosos con el gran valle que está 2.000 metros más abajo que la represa, las tolvas transportadoras desfilan llevando una bolsa de cemento cada vez que han pasado dos o tres otras con canto rodado. Basta organizar los mecanismos para que estos dos teleféricos trabajen, procedente uno del glaciar y el otro del remoto valle, con mucho más exactitud que las dos manos de un hombre. Y cada día, 1.200.000 kilos de materiales dosificados con exactitud han sido vertidos suavemente en las mezcladoras. Arriba, pues, almacenamiento, dosificación, relación de agua rigurosamente exacta, mezcla; el hormigón corre en grandes chorros a tolvas que, por un ascenso brusco, son llevadas a lo alto de las torres que se inclinan sobre la represa. El hormigón basculado automáticamente se vuelca en los vertedores. ¡Qué vertedores! Imagínese uno suspendido, en el azul del cielo, una red de cables que forman a través del valle como puentes colgantes; esos vertedores, que en realidad son toboganes, descienden en pendiente regulada de lo alto de los aires hacia la represa y allá, finalmente, están los hombres que trabajan.
Asen, por el freno, el hocico de esas serpientes gigantescas y orientan la oleada de hormigón adonde se lo precisa; así el hormigón corre y correrá sin parar durante horas... y tres veranos.
El suave ronroneo está por doquier en la montaña; uno se despierta por la mañana a las cinco en la cabaña del club alpino; tiende la oreja a esa música melodiosa y experimenta una sensación de bienestar, de seguridad, de norma. No hay hombres en ninguna parte, excepto la veintena en la represa. Aquí y allá, por el lado de las máquinas, hay peones que engrasan, lustran, y mecánicos que vigilan. Hay también todo un contingente de limpiadores ¡Pero sí!, allá en la cima, en pleno firmamento, espectáculo de vértigo, un obrero desciende a uno de los vertedores para limpiar. Otro vértigo: a babor de la represa, diez hombres se hacen pasar a estribor; del cielo ha descendido una plataforma; al cielo se remonta con este racimo de hombres de pie; luego, en lo alto, ha corrido a lo largo del cable y he aquí que vuelve a descender al otro extremo de la represa. Uno está al pie de las obras; pueden verse las torres rojas de minio, los cables blancos que relucen; los Alpes dominan. Es una tontería, pero uno piensa en la Tetralogía, en los Gigantes que construyeron el Walhalla (¡pido perdón!); los dioses están en la tierra y mueven una manivela en la sala de máquinas; el órgano resuena suavemente por todo el paisaje feraz; rebaños de vacas y cabras dan cuenta de las últimas y escasas hierbas; esplendor silencioso de las altas cumbres. "



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