Memorias de un impostor (fragmento)Vicente Riva Palacio

Memorias de un impostor (fragmento)

"La noche estaba ya muy avanzada; el más completo silencio reinaba por todas partes, y las últimas luces del Palacio de los virreyes se habían extinguido.
Pero algo extraño pasaba en la ciudad, porque a favor de las sombras, se veían hombres salir furtivamente de las casas y caminar siempre hacia el centro, pero como procurando no ser sentidos y recelando hasta de sí mismos, según el cuidado que ponían en ahogar el ruido de sus pasos.
En las calles apartadas se veían cruzar muy pocos de estos personajes misteriosos; pero a medida que las calles iban siendo de las más cercanas al centro de la ciudad, el número de hombres se aumentaba, y llegaba a convertirse en una verdadera procesión en la Plaza Mayor; procesión que, fraccionándose en grupos, desaparecía en portales de casas y tiendas, que, como por encanto, se abrían para recibirles.
Algunos hombres se separaban de los demás; pasaban por el frente o por la espalda del Palacio del virrey y se dirigían al del arzobispo; en el del virrey nada advertían los habitantes, porque no se escuchaba ni el grito de un centinela, ni el ruido de las puertas de una ventana, ni nada que indicase que los de adentro sentían lo que afuera pasaba.
La puerta del arzobispado se abría y se cerraba con gran precaución; por el exterior del palacio de don Juan de Palafox todo parecía tranquilo, pero había en el interior un movimiento inusitado.
El prelado manifestaba esa febril excitación de un general en los momentos que preceden al combate: era el centro de una actividad extraordinaria. En el mismo traje del arzobispo se notaba algo de extraño que indicaba la proximidad de la batalla.
Don Juan de Palafox no podía permanecer tranquilo un instante: la inquietud más vehemente se revelaba en todos sus movimientos. Aquel hombre, de cerebro de fuego y de corazón de acero, había nacido para los grandes acontecimientos; y si la suerte le hubiera colocado más cerca del trono en sus primeros años, don Juan de Palafox nada hubiera tenido que envidiar al célebre cardenal Jiménez de Cisneros.
El arzobispo disponía la batalla desde el salón mismo en que había reunido a sus amigos la noche que les manifestó sus proyectos; no más que entonces la sesión pasó tranquilamente, y en la noche a que nos referimos todo era agitación. "



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