Vida sentimental de un camionero (fragmento)Alicia Giménez Bartlett

Vida sentimental de un camionero (fragmento)

"Pasaba la mayor parte de sus horas libres sentada junto al teléfono, esperando que sonara sin atreverse a tocarlo. Había llegado a odiar aquel objeto redondeado y mudo. Lola intentaba devolverla a un estado normal, pero su habilidad para el tratamiento psicológico era escasa, y no acertaba más que a insultar a Rafael, le llamaba desconsiderado, individuo sin corazón. Adela oía esas acusaciones sin inmutarse, aun siendo Rafael un asesino, hubiera deseado igualmente oír su voz al otro lado del teléfono. No estaba dispuesta a ser razonable, ni siquiera a intentarlo. El fin de semana era lo más penoso. Imaginaba a Rafael al lado de su mujer, comiendo con ella, durmiendo en su misma cama. Se representaba escenas de películas que había visto por televisión, matrimonios felices que son despertados de buena mañana por sus hijos pequeños, juegos entre sábanas. Las horas pasaban arrastrándose. No leía, no escuchaba música ni encendía el televisor. Era como si quisiera estar sintiendo el sufrimiento, al menos así contaba con algo concreto y palpable. Poco podía hacer Lola. Cocinaba algo para ella, la prevenía de que iba a enfermar. Finalmente pensaba que Adela ya no era una niña y la dejaba instalada estúpidamente junto al teléfono. Pensó en suicidarse, pero no era la nada lo que acudía a su mente, sino nuevas escenas cinematográficas: tomaba una buena dosis de somníferos, dejaba una carta a Rafael. Luego alguien la salvaba, Lola tal vez, entraba en su dormitorio y la veía tumbada sobre la cama con su mejor camisón, exánime. Seguía en su figuración una serie de acciones concatenadas: Rafael iba a la clínica, una enfermera lo conducía hasta su cama, y él le tomaba una mano y le hablaba cariñosamente: «¿Por qué lo has hecho? Todo va a ser diferente a partir de ahora», decía. Despertaba del sueño convencida de que no era morir lo que quería, sino tenerlo a su lado. Finalmente Rafael llamó. En cuanto sonó el primer timbrazo cogió el auricular con las dos manos, había estado tan pendiente de aquella acción que, al ejecutarla, le pareció irreal. Hizo todo lo contrario de lo que había preparado concienzudamente, no pudo serenarse y se echó a llorar. Notó la voz del otro lado sorprendida e impaciente. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com