La señorita Dashwood (fragmento)Elizabeth Taylor

La señorita Dashwood (fragmento)

"Tinty, cuando era una joven madre, había contenido el caudal del río de sentimientos de sus hijos. Es difícil mantener un estado permanente de indiferencia, pero ellos lo habían logrado, frente a la perspectiva de una alternativa peor. Al controlar sus lágrimas y sus ansiedades, esperaban controlar los de su madre. En cierto modo, a su modesta manera, habían tenido éxito, aunque eso no era nada comparado con el atento esfuerzo que había exigido. Su actitud despiadada e inmune les había sido muy útil en la escuela, y también les habría servido indefinidamente si no fuera porque la vida no puede apartarse a un lado, ni el amor acallado a golpe de conversaciones triviales.
Nunca habían tenido que lidiar con emociones urgentes, y al llegar la crisis no tendrían más experiencias en las que basarse de las que tendría un niño pequeño. Margaret no había tenido que enfrentarse a dicha crisis. Tom, por su parte, había caído pronto, no había logrado recuperarse y ahora se envolvía en el melodrama —el borracho lacónico o el sórdido interesado— para ponerse más allá del alcance de su madre o de las demás mujeres, e incluso de los hombres.
De niño, como Sophy, había escrito su propio diario. Un día, al volver de la escuela, encontró a su madre tumbada con un pañuelo húmedo apretado contra sus ojos y supo que lo había hojeado en secreto. Aún lo hacía. Sus dibujos solamente podían desconcertarla. Y él ya no escribía ningún diario, ni recibía cartas. (Recordaba una vez, de pequeño, la voz paciente, amable y expectante a la hora del desayuno: «¿De quién es esa carta, querido?» y sus dedos doblando el papel y deslizándolo de nuevo en el sobre. «De un amigo, madre», y Margaret soltando una risita).
El esqueleto de su vida no tenía la capa de carne que conforman los amigos y sus mensajes y confidencias. Y sin embargo aún sentía la presencia de su madre en esa habitación, cuando regresaba de noche o después de comer. Le parecía que sus dibujos habían sido estudiados cuidadosamente, que su escritorio cerrado le estaba avisando en silencio, y todo parecía haber sido examinado, tocado, alterado; había huellas por todas partes. Hoy le faltaban dos de sus pastillas. Reflexionó sobre ello, balanceándose en la silla, mirando cómo su pluma vibraba en la alfombra como si fuera una flecha. "



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