Utz (fragmento)Bruce Chatwin

Utz (fragmento)

"En Vichy, el hotel había sido redecorado, como para borrar el estigma de haber alojado el gobierno de Laval en sus aposentos. Los muebles de la habitación de Utz eran reproducciones del estilo Luis XVI, y estaban pintados de gris. La alfombra era azul, y las paredes también, en un tono más pálido, con ribete blanco: el decorado de un cuarto infantil, del comienzo de la vida. Sobre una cómoda descansaba un busto de María Antonieta, de yeso desconchado, y había grabados modernos de otras damas del siglo XVIII con cabeza de chorlito.
«No, no», repitió Utz. «Ciertamente no estoy disfrutando de esto. Los franceses han perdido el buen gusto».
Tampoco disfrutó de sus encuentros con el doctor Forestier, un hombre de piel traslúcida y boca llena de indiscreciones petulantes, que tenía su consulta en una casa de estilo gótico rodeada de paulonias. Ni de los inmensos edificios estucados de color crema —style pâtissier 1900— alineados a lo largo del Boulevard des États-Unis, donde la Gestapo había tenido su cuartel general. Ni de los baños de lodo, las fricciones, los tratamientos faciales, las duchas de presión. Tampoco estas célebres aguas beneficiaban la salud, a juzgar por las facciones crispadas y dispépticas de otras víctimas.
No encontraba ningún placer en la compañía de los individuos menudos, envejecidos —«excolonos» cuya digestión había sido descalabrada en África o Indochina— que se aferraban a sus gobelets de cure forrados con rafia y que deambulaban con paso lento y prudente, a salvo de la lluvia, por el sendero cubierto que discurre junto a la Rue du Parc.
No apreciaba el brillo gerontófilo del masajista —«un joven muy perturbado»— y esperaba que tal vez lo encontrara demasiado joven. Tampoco le atraían las damas del Gran Établissement Thermal: matronas severas de bata blanca y guantes que le revelaron el uso de les Instruments de torture —mecanismos terapéuticos que Kafka sí habría apreciado— de manera tal que se encontró sujeto mediante correas a una silla de montar donde le machacaron los intestinos —amable pero implacablemente— con un par de guantes de boxeo, de cuero.
Le crispaba oír voces que hablaban en inglés. Apartaba la vista de los mutilés de guerre: hombres a quienes les faltaba un brazo o ambas piernas, pero que jugaban al póker, igualmente, en sillas pintadas de blanco con asientos perforados como espumaderas. Una noche, después de cenar, debió huir de una dama vestida de terciopelo color turmalina, que le hablaba, en alemán, del Aga Khan. "



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