Un ángel impuro (fragmento)Henning Mankell

Un ángel impuro (fragmento)

"Hanna rompió a llorar ante la sola idea cuando, de repente, advirtió que Julietta la espiaba por la puerta entreabierta. Hanna echó mano del viejo pisapapeles de bronce del señor Vaz y se lo arrojó enfurecida. Julietta acertó a retirarse a tiempo y cerró la puerta rápidamente.
Hanna quería llorar en paz. Pero era como si ni siquiera tuviera tiempo para eso. Rompió la carta y escribió otra con mano temblorosa.
«Estoy viva», escribió. Eso era lo más importante. «Estoy viva». Repetía aquellas palabras casi en cada línea, como si la carta no fuese sino una larga súplica para que la creyeran. Estaba viva, no muerta, como creía el capitán Svartman. Bajó a tierra porque se sentía rota de dolor, y allí se quedó cuando el Lovisa prosiguió la travesía hacia Australia. Pero pronto volvería a casa. Y estaba viva. Eso era lo más importante, aún estaba viva.
Ésa era la carta que quería enviarle a Elin. Y repitió las mismas palabras, aunque con menos carga sentimental, en las otras dos cartas que escribió aquel día. Una era para Forsman y la otra para Berta. Estaba viva, pronto volvería a casa.
Ya tenía las tres cartas sobre la mesa, metidas en sendos sobres bien cerrados, con los nombres escritos tan pulcramente como pudo. Por más que Berta y ella habían aprendido a leer y a escribir juntas, lo cual supuso un paso duro pero importante para salir de la pobreza, aún escribía con gran dificultad y se sentía insegura de la ortografía y del orden de las palabras. Sin embargo, no se preocupó demasiado, ya que para Elin sería la carta más importante de su vida. Una de sus hijas había regresado de entre los muertos.
Aquella tarde pidió el coche de Andrade y se dirigió al puerto. Se había vestido con primor, pasó un buen rato ante el gran espejo del vestíbulo, junto a la puerta. Camino del puerto se le ocurrió una idea y le pidió al chófer que diera un rodeo y se detuviera delante del estudio de Picard, el fotógrafo. Picard era francés y se había instalado en la ciudad a principios de la década de 1890. Los habitantes acaudalados de la ciudad eran quienes acudían a su estudio. Tenía la cara deformada por el impacto de un fragmento de granada que recibió durante la guerra franco-alemana de 1870. Pese a que tenía un rostro repulsivo, se había ganado el aprecio de todos por su amabilidad y su habilidad como fotógrafo. Sin embargo, se negaba a fotografiar a personas negras, a menos que aparecieran como criados o porteadores o que constituyesen sólo el fondo sobre el que destacarían las personas blancas a las que iba a inmortalizar. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com