Segu (fragmento)Maryse Condé

Segu (fragmento)

"Se guardó el rosario en el bolsillo, se levantó, sacudiéndose del bubu las briznas de paja, y se dirigió a la casa. La corporación de los albañiles de Djenné, los bari, era famosa de Gao a Segu, a través de todo el Tekrur e incluso hasta el Mogreb. Se decía que los bari habían aprendido el arte de construir de un tal Malam Idris, venido de Marruecos unos años antes y que había trabajado en la edificación de los palacios de los askia y los mansa, así como en los madugu de los jefes de las grandes familias. Con la tierra de podo, mezclada a veces con conchas de ostra trituradas, los bari fabricaban unos ladrillos ligeros y resistentes a un tiempo que soportaban las peores inclemencias. Desgraciadamente, Tiekoro no vivía ni mucho menos en una casa construida por uno de esos maestros. Ocupaba en el barrio de Djoboro una vivienda de dos habitaciones, amuebladas con varias mantas, esteras y taburetes y precedidas por un patio atestado de aves, cabras y diversos utensilios necesarios para cocinar. Estaba encajonada entre casas del mismo aspecto, en una calle estrecha y desnivelada. Cada vez que Tiekoro se acercaba a ella, se le encogía el corazón. Entonces, ¿por qué no volvía a Segu?
No lo hacía porque Tiekoro era exigente consigo mismo. Sabía que, si regresaba a Segu, muy a su pesar lo verían aureolado por el prestigio de sus viajes a tierras lejanas, de su conocimiento de lenguas extranjeras e incluso de su conversión al islam, religión mágica, y que no le costaría nada erigirse en notable. Sin embargo, no podía ocultarse el fracaso de su vida y no pretendía engañar a los demás. En cierto modo, se complacía en su miseria y en su soledad. Cruzó el umbral de su casa. Inmediatamente, Ahmed Dusika y Ali Sunkalo se acercaron a su padre tambaleándose, pues las piernas aún no los sostenían con firmeza. Nadié interrumpió su tarea para acudir también ante su señor.
¿Qué habría sido de Tiekoro sin Nadié?
Nada más llegar a la ciudad, había aprendido a hacer dyimita, unas tortas de harina de arroz con miel y pimienta que los habitantes de Djenné y los comerciantes de Tombouctou y de Gao devoraban, kolo, que eran panecillos de harina de alubia cocidos con manteca, y mil golosinas más. Lo vendía en el mercado, y en poco tiempo se había hecho famosa. Cuanto más amargado, angustiado e inquieto estaba Tiekolo, más serena estaba Nadié. Los dientes, blanquísimos y un poco prominentes, daban a su rostro una expresión sonriente que desmentía la gravedad de sus ojos, profundamente hundidos en las órbitas. Ella que no era nada coqueta, había adoptado la costumbre de las mujeres peul de adornarse abundantemente los cabellos con piedras de ámbar y cauris. Nadié poseía una belleza que invadía por sorpresa, como el perfume de algunas flores, que al principio se cree que es insignificante y después resulta que no se puede olvidar. "



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