Sonata del olvido (fragmento)Roberto Ampuero

Sonata del olvido (fragmento)

"Desayuné y me fui en un trole hasta la plazuela Ecuador, donde hice el transbordo a un taxi colectivo, que me dejó cerca de la casa del novelista.
Mientras caminaba por la avenida Alemania recordé que la noche anterior había vuelto a soñar con la misma mujer de piel marfil con la que, en otro sueño, había hecho el amor en una isla griega. Esta vez la vi con claridad, y atribuí su regreso a la excitación que me causó Anastasia Yashin. Pude verla en detalle: cejas arqueadas, ojos cafés, sonrisa cristalina, voz pausada, el mapa de las venas en el reverso del antebrazo, aretes de madera de los cuales colgaba una diminuta guacamaya. Era guatemalteca.
Pero eso no era todo. El sueño no había terminado tan rápido. De golpe me encontré tendido con ella en la playa de Albufeira, una caleta del Algarve, entre botes de pescadores que reposaban en la arena con el casco verde y rojo vuelto al sol. Recuerdo además que por la noche, en la terraza de nuestra suite en un hotel, hicimos el amor contra una baranda de hormigón que daba a una plaza con árboles y una bella fuente de piedra.
Se trataba de la misma mujer a la que había amado, en otro sueño, en la isla de Samos. Ella posaba para mi cámara y para la cámara de otro hombre simultáneamente, uno que no logré identificar. Y cuando nos acostamos ocurrió algo muy extraño: fue como si ella, junto con galopar a horcajadas sobre mí, lo hiciese sobre el otro, que estaba y no estaba en el mismo lecho con nosotros. Raro soñar varias veces con una mujer a la que nunca se ha visto, y más sorprendente aún que un sueño me remitiera a otro sueño y a una mujer desconocida y a un sitio donde nunca he estado.
Me costó apartar la visión de esa muchacha de cuello largo y espalda de seda. En su hombro derecho descubrí algo que tampoco he de olvidar nunca: el tatuaje hiperrealista de una mariposa con las alas extendidas. Creo haber advertido hasta el suave palpitar de sus alas negras con incrustaciones rojas.
Pero el aire frío de la avenida Alemania me arrancó de esas evocaciones y devolvió a Valparaíso y las razones para estar allí. Me pregunté si debía confesar al novelista que había venido a verlo, pues lo consideraba responsable de la pesadilla que estaba viviendo. Pensaba en eso, sentado en un escaño de la avenida Alemania, viendo cómo su casa parecía a punto de desplomarse sobre la ciudad, cuando lo vi asomarse a su puerta.
Venía con chaleco color burdeos y las manos engarzadas a la espalda. Subía por San Juan de Dios con la vista baja, ocupado de no tropezar con los peldaños que llevan a la avenida Alemania. Ahora caminaba hacia mí junto al muro de una iglesia evangélica.
Eran las once de una mañana fresca y tranquila. Me parecía imposible que en ese mismo instante existieran la calle Jefferson, The Club Car, The Book Corner, The Fox Head, el community college, la casa tráiler de Stirlitz, mi mujer, León Dupuis y la sarta de problemas que me aguardaban por culpa de ambos.
Un perro husmeó al novelista, pero él continuó imperturbable su camino. "



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