Tocarnos la cara (fragmento)Belén Gopegui

Tocarnos la cara (fragmento)

"No seguí leyendo. Cerré los ojos, apoyé la cabeza en los brazos cruzados, recordaba: «El pasado es una víscera, se mueve dentro de nosotros». Sí, pero ¿qué ocurre con el pasado de los demás? Esa carpeta estaba llena de pasado, podía tocarlo. Me fui a la cocina a preparar un café y, entre paredes húmedas, pensé en mi último traslado de casa, en las cartas que aparecieron. Todos hemos tenido en las manos viejas cartas, duras ya por causa del polvo, y nos hemos ruborizado. No obstante, las cartas de mi traslado me estaban dirigidas o, si no a mí, lo estaban a mi nombre y mi memoria. La carpeta granate, en cambio, no me pertenecía. Por alguna razón, Simón no sólo se había deshecho de ella, sino que permitía que la leyéramos Íñigo y yo. Por alguna razón que estoy aún tratando de averiguar. Pero recuerdo que al leerla allí experimenté un radical abandono, distinto de cualquier pasada experiencia de soledad, un abandono sin compasión y sin orgullo, como ser la única persona en una calle a oscuras y sostener el paso, el ruido cojo del corazón. Estaba anocheciendo, al otro lado del pasillo la carpeta me reclamó. Los actos del presente, la compra, las comidas, quedaron convertidos en el borroso fondo que mi atención no enfocaba, mientras que el primer plano, la figura, la única realidad con sentido era esa risa que me alcanzaba a pesar del túnel y la velocidad.
Al principio sobrevolé el contenido de la carpeta con prisa, como quien pasa las hojas de un libro buscando una frase, si bien yo no hubiera podido decir qué frase. Había papeles escritos por Simón y por José Ángel Espinar, y dos o tres cartas de Fátima Uribe. Fue esa primera ojeada como estar localizando exteriores al tiempo que reconstruía el decorado interior, un sofá de terciopelo recién comprado, una cama grande, un escritorio del Rastro. También di con el argumento: la carpeta trataba de un proyecto y algo decía de la relación con una mujer. Supe que la llegada de Fátima había coincidido con la muerte del maestro, supe que para nadie había sido fácil determinar si semejante coincidencia debía considerarse un don o una desgracia. Simón y Fátima vivieron juntos, luego ella se había ido. Como por un descuido de la conciencia, en el dorso de una carta ese hombre que a pesar de cantar siempre daba la impresión de ser del todo indiferente a las canciones, había consignado que un día partió en dos el disco negro cuyo segundo corte contenía el siguiente estribillo: «Todavía la deseas, a pesar de conocerla tan bien». "



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