La bella Annabel Lee (fragmento)Kenzaburo Oé

La bella Annabel Lee (fragmento)

"Yo siempre me había tomado en serio el trabajo de reelaboración, que consistía en pulir el texto literario, pero ahora me enfrentaba a una tarea de índole totalmente distinta, que era tan sólo reducir el tamaño.
De entrada me sentí desconcertado, pero pronto recordé que, desde el momento en que se pusieron en contacto conmigo para este proyecto, Komori y Sakura habían mostrado su preocupación por mi inclinación hacia las oraciones largas. Intenté hacer cortes en algunas frases. Y me resultó muy interesante. Encontré en ello un estímulo excitante, muy diferente al que experimentaba cuando hacía retoques basados en mi propia sensibilidad estilística. Ante aquel descubrimiento inesperado, me sumergí de lleno en mi labor.
De joven, solía traducir a solas, sin la mínima intención de publicarlos, versos de Eliot y Auden: primero los traducía al pie de la letra (naturalmente me quedaban más largos que los originales) y luego los iba cortando a conciencia, haciéndolos lo más coloquiales posible, aunque resultaran ajenos a mi estilo personal. Había momentos en los que percibía voces con resonancias desconocidas que no se originaban en mi interior, y esas voces me permitían realizar los ajustes a mi modo de escribir. La labor actual me producía una sensación parecida.
Estaba muy concentrado cuando a las seis y media me cogió por sorpresa el timbre que repicó casi en mi oído. Atendiendo a la petición que había hecho Sakura desde su alcoba, la camarera nos trajo dos cafés. Mientras tomaba el mío de la taza colocada al borde del escritorio, después de haberme dedicado al trabajo intenso para retocar el guion en la sala al lado de la habitación donde Sakura descansaba, confirmé un hecho fundamental: la única actividad que me permitía concentrarme por completo durante tres horas seguidas era escribir de mi puño y letra.
Sakura apareció en la sala con el rostro radiante, sin la menor huella de cansancio, tal como la había observado en el Shinkansen cuando cerraba los ojos. Lucía un vestido de una pieza, color vino tinto, con los hombros cubiertos por el mismo chal grande con que había recibido en Kamakura la noticia de la enfermedad de su marido. Me dijo que fuéramos a pasear después de la cena al parque Maruyama, donde florecían los cerezos. Sentí una ligera alegría al notar su indiferencia hacia Komori, que debía de estar llegando a esa misma hora.
Nos bajamos del taxi en una calle tortuosa y avanzamos por un estrecho callejón hasta llegar al restaurante. Tanto la fachada como el zaguán eran bastante modestos, pero la sala del fondo a la que nos condujeron por la escalera ofrecía un aspecto acogedor y tranquilo, y más tarde se me ocurrió que la señora Yanagi quería que yo le hubiera conseguido a Sakura una posada tradicional de este estilo. En el vestíbulo colgaba un kakemono de un metro cuadrado con un solo ideograma trazado por un artista que yo conocía, que pintaba a la manera occidental. "



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