La ilustre casa de Ramires (fragmento)Jose Maria Eça de Queiroz

La ilustre casa de Ramires (fragmento)

"Se dirigió violentamente hacia su cuarto dando portazos, con la idea de meterse en el bolsillo de la bata unas monedas que darían consuelo a los pequeños. Pero ante el cajón, retrocedió avergonzado. ¡Qué brutalidad compensar con dinero a unas criaturitas a quienes él había arrebatado el padre, esposado, para meterlo en la cárcel! Cogió simplemente una cajita de albaricoques secos, de aquellos famosos albaricoques del Convento de Santa Brígida de Oliveira, que Gracinha le había enviado el día antes. Y, cerrando lentamente su cuarto, se arrepentía ya de su severidad, tan irreflexiva, que alteraba así el sosiego de un hogar. Luego, en el corredor, ante la lluvia ruidosa que desde los tejados se despeñaba sobre las losas del patio, le causó una impresión aún más dolorosa la imagen de la pobre mujer, enloquecida por la carretera oscura, tirando de los hijitos empapados, rendidos bajo la tormenta que se había desatado. Y al entrar en el pasillo de la cocina temblaba como un culpable.
A través de la puerta vidriera oyó enseguida a Rosa y a Bento consolando a la mujer con parladora confianza, casi risueños. Pero los «ayes» de ella, sus ruidosos lamentos por «el bueno de su hombre», resonaban más fuerte, como rechazando y ahogando todo consuelo. Y apenas Gonçalo empujó tímidamente la puerta, ¡casi retrocedió con asombro y temor de aquella aflicción estridente que se arrojaba hacia él y a su misericordia! De rodillas en las losas, retorciendo las delgadas manos sobre la cabeza, toda de negro, pareciendo más negra y doliente al lado del pañuelo rojo que se secaba extendido junto al gran fuego del hogar, la criatura estalló en un torrente de súplicas y de gritos. "



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