Acero de Madrid (fragmento)José Herrera Petere

Acero de Madrid (fragmento)

"Dentro del local se sucedieron los gritos de arriba España, Dios, Patria, Rey…, etc., y los saludos a la italiana.
Les entregaron un paquete de setenta a cada uno y les cosieron en la guerrera un escapulario: «Detente bala, el corazón de Jesús está conmigo».
El coronel Maza Pelliza volvió otra vez a poner los labios en forma de trompeta, para hablar del «resurgimiento nacional», «la resolución de España», «el glorioso ejército» y otras cosas, pero sin decir claramente en qué consistían. También llamó a los soldados «soldaditos», cosa que a Esteban le dio muy mala espina.
A continuación tomó la palabra Lucas Suso.
Habló del sol, del amanecer, del cielo azul, de los imperios españoles, de la «cultura occidental», puesta en peligro por los bolcheviques.
Tenía una voz aguda, que se convirtió en chillona cuando dio el grito de arriba España. Sus ojos parpadeaban febrilmente detrás de las gafas.
A continuación habló Aspiroz, el requeté, con voz profunda y entrecortada. En su cabeza, un poco calva, brillaban algunas gotas de sudor, como si la hubiesen regado con un sifón. La boina, colorada y amarilla, le había dado un calor espantoso durante toda la mañana.
Su discurso fue el menos lírico y el más breve. Nada de amaneceres, de soles nacientes ni dorados imperios. Nada de «cultura occidental». La cultura occidental era liberal y atea.
En resumen, no dijo más sino que, como los antepasados, había que volver a luchar por la Fe.
Después tomó la palabra un sacerdote gordo, sin duda un obispo o canónigo muy importante.
Fue acogido con grandes aplausos. Tenía el rostro cuidadosamente afeitado, las carnes blancas, los ojillos azules e inocentes, como cargados de una bondad pesada, semejante a un sueño reparador.
Su voz era suave, dulce, como la mantequilla de Soria.
Los momentos eran graves para España, pues hijos desgraciados y pobrecillos ignorantes, dignos de compasión, y a los que deseaba que Dios, en su infinita misericordia, les perdonase, habían puesto en peligro la «paz social», por seguir las prédicas del enemigo.
Tal vez habría que luchar, tal vez habría que derramar sangre; pero no importaba, porque Dios estaba con sus fieles como un pastor con sus ovejas, y al fin les daría a todos la bienaventuranza.
Las carnes blancas se iban tiñendo de un vivísimo carmín a medida que hablaba, y sus ojillos, antes apagados, soltaban chispas de alegría o de malicia.
Parecía que iba a romper a reír a carcajadas.
Su color blanco, sus mejillas sonrosadas, sus ojos azul purísimo, se mezclaban y se borraban con la distancia. Parecía un cielo amaneciente primaveral.
¡El verdadero amanecer de España!
A modo de un cargamento de carne fría, fueron metidos a las dos de la tarde en camiones.
El obispo o canónigo dio, antes de partir, la bendición a la carne fría y la regó de agua bendita. "



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