Un jardín en Brujas (fragmento)Charles Bertin

Un jardín en Brujas (fragmento)

"Una vez más, ninguno de los dos sabíamos quiénes eran aquellos personajes. El Pequeño Larousse no se prodigaba en precisiones sobre ellos, y Rilke ni siquiera figuraba, lo cual nos entristeció un poco. Así y todo, el sortilegio de aquella frase de Barrès que un día me leyó mi abuela en el quai du Rosaire habría de quedarse grabado en mi memoria durante toda mi vida.
Dicho todo esto, mucho me temo que no saqué demasiado provecho de sus lecciones de arte e historia. Durante las semanas de nuestros paseos por Brujas mi mente se concentraba menos en lo que ella procuraba enseñarme que en el espectáculo que, por mí mismo, descubría a mi alrededor. Hasta entonces, mi infancia lugareña y mi naturaleza arisca habían hecho de mí una persona ignorante del mundo. La ebullición de las calles de la ciudad, así como el ambiente de fiesta y de teatro que aquel colorido desfile evocaba de forma tan natural, constituían para mí una novedad total. Por tanto, se comprenderá que, pese a mi gusto sincero por la cronología de los duques de Borgoña y por las etapas de la construcción de la iglesia de Notre-Dame, mostrara un mayor interés por todo aquello.
El culmen de mi placer tenía lugar los días de mercado en la Grand-Place, que desde el alba permanecía enterrada bajo un campamento de puestos de toldos blancos y tenderetes de toda suerte. Estaban tan estrechamente enmarañados que parecían formar un único tejido inmenso, como si un fabuloso navío, tras haber izado su velamen, hubiera venido a amarrarse al pie de la atalaya aprovechando la noche. No hacía falta nada más para que mi imaginación, siempre dispuesta a prestar fe a los espejismos, admitiera que un capricho de las potestades del tiempo nos hubiera remontado a la época en que Brujas enviaba sus carabelas al mar para acoger en sus mercados todas las riquezas de Aladino.
Al principio había un rumor. Ya perceptible a la altura de la iglesia de Saint-Sauveur, aun cuando no fuera más que un murmullo que apenas arañaba la piel del silencio, iba creciendo a medida que avanzábamos por la rue des Pierres para, paulatinamente, convertirse en un susurro; un susurro que a su vez ascendía por la escala sonora hasta colmar por completo el espacio desde nuestra entrada a la plaza, a semejanza de ese abejorreo obstinado, embriagador y confuso que reina en una sala de teatro antes de levantar el telón.
Teníamos que abrirnos paso a través del bullicio para penetrar en el corazón del campamento de nómadas que alzaban sus tiendas ante nosotros. A decir verdad, mi excitación no estaba exenta de preocupación: si bien el ajetreo no me daba miedo —pues incluso encontraba un cierto encanto en formar parte del tráfago general—, lo que temía era perder de vista la bolsa de la compra de mi abuela en medio de aquel laberinto de pasillos inciertos que formaban un pasaje entre las barracas. Yo la seguía lo más cerca que podía, yendo y viniendo como ella del panadero a la lechera y de la verdulera al charcutero; zambulléndome con su ejemplo en aquel abigarrado baño de aromas, colores y sonidos, del cual emanaba un júbilo inexplicable en el que ella se aventuraba sin mostrar el menor atisbo de aturdimiento. "



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