Noches insomnes (fragmento)Elizabeth Hardwick

Noches insomnes (fragmento)

"Cuando nos mudamos a la calle Sesenta y siete, aplaudí su maravilloso automóvil e imaginé que, para ayudarse en la conducción, echaría mano de ese acento inglés suyo tan apropiado. A principios de verano, el coche abandonaba su almacén rumbo a los montes Catskills, a pasar la temporada. Ven a ver a la señorita Cramer en su coche, le decía a mi marido.
Y ahí estaba, con un masculino sombrero de fieltro y la capota de ese milagro de un cuarto de siglo bajada; ella, imponente como el reluciente capó negro de su coche de nariz plateada y zorruna; ella, sentada sobre el brillante cuero color habano. Bajaba hacia Broadway haciendo revolotear las manos con destreza, proyectando los brazos a izquierda y derecha cada vez que obedecía unas señales que hoy ya resultan crípticas, recibiendo la admiración de los peatones por su encomiable labor de conservación. Cierra el magnífico dúplex para el verano y abandona sin sentimentalismos las voces estridentes e inseguras que ensayan «Dove sono», «Un bel di» y «The Last Rose of Summer».
Entonces vivía en su casa su anciana madre, tirana de un esnobismo primitivo que, a medida que envejecía, resucitaba rencores: antiguos robos, asistentas de mano larga, parientes malintencionados. Su madre se parecía a la anciana que Herzen menciona en sus memorias, la que no era capaz de perdonarle a Napoleón la muerte prematura de su vaca preferida en 1812.
En Nochebuena, la señorita Cramer lleva el mismo vestido estampado y un jerseycito de punto. Los jirones de lona apenas si le cubren los pies. La pobreza, cual bulldozer, sorprendió a esta autócrata arrasando con sus pretensiones, su educación musical y sus viajes a Bayreuth. Su madre murió; sus veranos se esfumaron; las voces callaron. Desterrados del apartamento, el piano y la basura de dos décadas y media, reluciente basura americana, inglesa y europea. La señorita Cramer se mudó a la calle, y esa mudanza fue un viaje en una montaña rusa: cabello al viento, joyas de orejas y dedos que vuelan, latidos atropellados y la cabeza llena de una extraña ráfaga que nunca logró expulsar y que parecía seguir soplando detrás de su ceño, rizando las oscuras pestañas. "



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