Alfie (fragmento)Bill Naughton

Alfie (fragmento)

"Es curioso ver lo rápidamente que vuelve uno a la normalidad, una vez se entera de que no va a morirse. Nunca olvidaré la primera noche que pasé en el sanatorio. Mi almohada quedó completamente mojada de lágrimas. Hundí mi cara en ella, para que nadie pudiera oírme, y desahogué de aquel modo mi corazón. En lo que más pensaba en aquellos momentos era en la cantidad de tiempo que tendría que permanecer entre aquellos extraños; y, a la vez, me acordaba de todas las pájaras a quienes había amado y con quienes no tenía yo más que levantar un dedo para que ellas hicieran cualquier cosa por mí. Pero ahora estábamos separados y ellas nada podían hacer en mi favor. Y lo malo era que al principio, no me gustaba ninguna de las enfermeras, excepto aquélla algo tullida que tenía no se qué extraño defecto en la pierna o la cadera. Aquélla era una enfermera de plantilla y la única que me dedicaba especiales atenciones. Y al decir «especial» no me refiero a nada muy «especial», sino a la mirada que te dedica una mujer, con expresión, que no prodiga a todo perro y todo gato. Yo me sentía muy agradecido a aquella mirada y experimentaba deseos de decirle: «¿Por qué no nos marchamos los dos de aquí, y nos vamos a vivir a una casita de campo donde seas enfermera mía y de nadie más?»
El caso es que cuando usted adquiere esa endiablada T P, o tuberculosis pulmonar, puede estar muy débil, pero tiene uno su temperatura, ¡caramba!; y cuando vea esas rollizas enfermeras acercándose a usted, yendo y viniendo incesantemente, resulta difícil dominarse y no saltar de la cama para cercar a alguna de ellas; Se pasa uno día y noche pensando en el mismo problema y sin poder probarlo. Como siempre he dicho, eso es algo en lo que nunca se debe pensar y sí tenerlo. Pensar en ello no es saludable. O para más exactitud, no es limpio, ustedes ya me comprenden. Aunque tal vez estoy yendo demasiado lejos.
Cuando me encuentro en situaciones semejantes, es decir, reunido con un grupo de hombres, como en manada, me da la impresión de que el alma se me está acorchando dentro de una minúscula cáscara de nuez o algo semejante, y me siento igual que un niño que añora a su mujer, porque tener a mi alrededor un grupo de hombres es tanto como estar cercado de icebergs, por lo que a mí respecta. De pronto, a la madrugada de aquella primera noche, creo que empezaba ya a adormilarme, cuando el joven que estaba en la cama inmediata empezó a gritar: «¿Qué es esto? ¿Quién está ahí?» «Soy yo, la enfermera» —replicó una voz, femenina. «¡Oh, perdone, enfermera! Creí que era mi esposa Lily. Siempre va de un lado a otro de la casa, trabajando, mientras yo estoy medio dormido. Buenas noches». En otra ocasión cualquiera, yo habría pensado «Perro, piojoso bastardo, ¿por qué no te solventas tus asuntos solito?»
Pero mis pensamientos de aquella noche fueron muy distintos. "



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