Hijos del jueves (fragmento)Margaret Rumer Godden

Hijos del jueves (fragmento)

"Era extraño cuánto la echaba de menos Doone; aunque ella le hacía daño con frecuencia y le amedrentaba, al menos ella hablaba su lenguaje. Doone entró en la habitación de ella y miró la lisa cama blanca, con el tocador vacío, sin sus adornos. Ma los había quitado para lavarlos y ponerlos de nuevo cuando Crystal volviera un fin de semana o para las vacaciones. No se oía el sonido cotidiano de la voz aguda y mandona de Crystal. Estaba en Queen’s Chase, aquel lugar encantado de ballet y de música; Charles también, y a él, a Doone, no sólo le habían dejado atrás sino que se lo habían prohibido.
[...]
Cuando, a la tarde siguiente, Doone usó su llave, al tocar el piano se dio cuenta de lo que habían significado aquellos días de silencio: era como si hubiera sido una mariposa atrapada en una red tupida y ahora estaba libre para desplegar sus alas y volar. Quizás, en aquella primera hora de regreso, Doone tocó como no había tocado nunca antes. El señor Félix le había dejado partituras en el atril, con instrucciones escritas, y Doone, al intentar seguirlas, tuvo que tener cuidado de no dejarse absorber tanto que se le pasara la hora; tenía que estar en casa antes de las cinco y media para la merienda. Una vez había llegado a casa a las seis y Pa se puso a hacer preguntas incómodas. Cada vez que Doone iba a casa del señor Félix, ponía su pequeña oferta —una manzana, uvas, un plátano— sobre el teclado, como una señal; cuando volvía, siempre había desaparecido la fruta.
No iba los martes y los jueves; esas tardes se marchaba solo del colegio después del almuerzo como hacían siempre él y Crystal: Ma se había olvidado de decir a la señora Carstairs que Doone ya no necesitaba esas tardes libres para ir a sus clases de ballet y nadie le impedía lavarse la cara y las manos, peinarse y recoger su bolsa con la ropa de ballet y las zapatillas. Cogió el tren y se presentó en la escuela de la señorita Glyn. "



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